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El antropólogo e investigador hispano boliviano y padre jesuita habló con Brújula sobre su trabajo a favor de las lenguas originarias de Bolivia y de cómo se está llevando su cuidado y difusión actualmente. Acaba de obtener el Premio Linguapax 2015.

Febrero finalizó con la noticia de que el padre jesuita Xavier Albó obtuvo el Premio Internacional Linguapax 2015, que se otorga a lingüistas, investigadores e instituciones de la sociedad civil que se hubieran destacado por la promoción de la diversidad lingüística o de la educación multilingüe.

Y el padre Albó, antropólogo, doctor en lingüística, español de nacimiento que vive desde 1952 en Bolivia, cumplía a cabalidad con todos los méritos para conseguir este premio, que lo entrega Linguapax Internacional, una ONG creada por la Unesco en 1987 y que reconoce el uso de las lenguas como instrumento para conseguir la paz.

El trabajo de Albó en el rescate y en la difusión de lenguas originarias es conocido y valorado en todo el mundo, y si bien hay un marco legal en Bolivia que las protege, Albó observa que todavía hay fallas.

“En el plan legal, en las leyes está bastante bien. En la parte operativa está bastante mal”, dice Albó, vía telefónica desde la parroquia Virgen Milagrosa, en la ciudad de El Alto, donde vive. “Todos los idiomas de un país, por más minoritarios que sean, tienen derecho a ser oficiales”, agrega.

Cuando habla del cuidado de las lenguas originarias, Albó señala que, actualmente, en las ciudades hay más gente proveniente -y descendiente- de los pueblos indígenas que antes y que hablan su lengua madre. “Pero no hay una política bien clara en las ciudades de cómo conservar estos idiomas originarios. Las ciudades son matalenguas. El problema no es solo del Estado, sino que empieza con los papás de los chicos, que dicen: “No queremos que sufran como nosotros”. Entonces, le hablan en castellano”, menciona Albó.

Sin embargo, Albó reconoce que el índice es mucho mejor ahora y pone un ejemplo: “La segunda lengua más hablada en Santa Cruz es el quechua. Hay muchísimo más quechua, creo que también más aimara, en Santa Cruz. Más que la lengua indígena oriental que es el guaraní”.

Albó, de 80 años, indica que los programas de enseñanza de lenguas indígenas tienen bajo nivel porque no hay gente lo suficientemente preparada para enseñarlas. “Es todo un arte el enseñar una lengua. Y una persona interesada en aprenderla primero debe saber conversar. Si quieres aprender a hablar una lengua originaria, tienes que hacerlo con alguien que lo hable desde siempre; si tu abuela lo hace, conversa con ella. Con gente que no tiene la capacidad de escritura es con la que mejor se puede aprender, hay que cultivar la capacidad de comunicarse con los que son distintos. No es más importante hablar una lengua de manera purísima que hablarla como lo hace la gente común. Ese es el error de algunos lingüistas”.

Reconocer las lenguas indígenas lleva a los habitantes de Bolivia a la buena práctica de otros procesos, como la interculturalidad y la descolonización, aspectos que, según Albó, también se cumplen a medias. “Como todas las cosas, nunca es algo blanco o negro, si no que tiene muchas tonalidades de gris. Lo importante es que hay muchos aspectos de la cultura que a los indígenas ya no les da miedo ir y proclamarlos públicamente. Aquí, en La Paz, por ejemplo, en algunos talleres, me encantó ver a mucha gente urbana que ya era muy capaz de hacer su ponencia en aimara, cosa que no se veía; se decía que se tenía que hacer, pero no se veía”.

Además, Albó menciona que, en cuanto a interculturalidad, se ha superado el ‘temor’ a lo originario, que llegó con los cambios políticos, culturales y sociales de estos últimos años. “Al principio se tomaba tan en cuenta lo originario que trataban de polarizar”, recuerda Albó.

El padre jesuita destaca la Ley de Educación Avelino Siñani, que tiene entre sus puntos la división de los currículos en general y regionalizado o localizado. “Ahora falta desarrollar estos currículos para cada región, para cada cultura y ahí es donde no sé qué tan lejos llegaremos”.

Albó es uno de los impulsores del modelo político Vivir bien, del Gobierno boliviano (a propósito, buscar en YouTube el video El paradigma del vivir bien II – Cipca, en el que se ve una divertida presentación de Albó). “Cuando David Choquehuanca llegó a ser canciller, mencionaba este modelo en todas partes y ahora en todo el mundo se escucha ese concepto”, dice Albó. “Vivir bien es vivir mejor, pero no vivir mejor a costa de los otros, si no hacer un entorno mejor para todos. No es tener más cosas, sino que todos seamos más. Todo es cuestión de ética, sobre todo”, aclara.

“Aún hay conflictos en su desarrollo, no está bien resuelto, pero la idea no solo so refiere al vivir bien entre las personas, si bien ese es el punto central, vivir bien se refiere a tener una buena relación con el medio ambiente. Es compartir bien con todos, manteniendo nuestras raíces, pero atendiendo a todos los demás”, explica Albó.

Sumak Qamaña en aimara, Sumaj Kawsay en quechua (ambos significan vivir bien), Ñande Reko (vida armoniosa, en guaraní) e Yvy Maarey (la tierra sin mal, también en guaraní), tienen un fin común, manifiesta Albó, y es el de llevar la felicidad de manera natural a todos los habitantes de Bolivia.

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