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Investigadores de la UNL-Conicet tomaron muestras de esos pequeños invertebrados para saber cuál es la situación de las superficies. Los lugares donde se practica el monocultivo intensivo denotaban un agotamiento considerable.

Las lombrices se asemejan a “laboratorios andantes”, porque pueden indicar el estado de los suelos donde se encuentran. Esta vez sirvieron para demostrar la situación de muchos de los campos que se explotan en la provincia de Santa Fe, algunos seriamente perturbados, opinaron investigadores de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y el Conicet.

Según explicó Carolina Masin, becaria Doctoral del Conicet y que trabaja en el Laboratorio de Ecotoxicología del Grupo Medio Ambiente de INTEC (UNL-Conicet), la aplicación de alternativas sostenibles para la producción agropecuaria puede articularse con el estudio de las comunidades de invertebrados como indicadores de la estabilidad de los agroecosistemas. De esta manera, la ecología, biología y taxonomía de las lombrices de tierra constituyen información útil sobre qué prácticas de manejo deterioran menos la calidad de los suelos.

En este sentido, Masin, en colaboración con Alba Rut Rodríguez, docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias (FHUC) relevaron unos 20 puntos de muestreo dispersos en el noreste, centro, zona costera y sur de la provincia de Santa Fe: “Fuimos a Tartagal, Los Tábanos, Villa Ocampo, El Sombrerito, Monte Vera, Helvecia, Cayastá, San Javier, Rufino, Rafaela, Grütly y Videla, entre otros, porque tratamos de tener una buena representatividad del territorio santafesino y, a la vez, considerar los usos de esos suelos para compararlos con las comunidades de lombrices encontradas”, acotó.

En las recorridas las investigadoras extrajeron bloques de tierra de 30 centímetros cuadrados, que luego analizaron en laboratorio, donde separaron lombrices en diferentes estadios para determinar abundancia, densidad y riqueza.

De acuerdo con Masin, en muchos de los sitios se realizaban actividades agrícola, hortícola y ganadera desde hacía 40 años, un lapso que implica un uso prolongado y continuo del suelo. “También tomamos muestras en banquinas de rutas, en un jardín de una casa y en una huerta orgánica familiar para ver qué lombrices encontrábamos según los diferentes usos”, continuó.

Masin destacó también que contrastaron los datos con trabajos que investigadores argentinos y extranjeros realizaron hace cuatro décadas: “Es una documentación muy valiosa sobre qué tipo de lombrices había en relación al uso del suelo. De ese modo, podemos saber qué especies de lombrices persisten en el contexto de un cambio hacia el uso intensivo y cuáles no se registran”, anotó.

Suelo limpio

Masin aseveró que en los suelos usados para agricultura y con prácticas no adecuadas la riqueza de lombrices era muy baja en comparación con otros donde las prácticas son conservacionistas. “Cien organismos por metro cuadrado es una cifra óptima que indica un suelo en buenas condiciones. En este sentido, en uno de los sitios muestreados con más de cinco años de cosecha continua de soja, observamos que el suelo estaba ‘limpio’, no sólo de lombrices sino también de otros organismos edáficos”, aseveró.

“Las lombrices nos indicaron que un suelo con monocultivo y con práctica intensiva continua entra en una etapa de agotamiento, que si no tiene ese componente biológico, no funciona, por más que el productor lo incentive con fertilizantes. Es una situación preocupante porque el suelo tiende a resistir mucho, pero a veces llega a un límite que puede ser irreversible”, lamentó.

Además, se trata de situaciones que contrastan notablemente con lo que pudieron ver los investigadores extranjeros hace 40 años: “Eran suelos donde había montes o huertas familiares. Sin embargo, la actividad agropecuaria en algunas zonas de la provincia avanzó tanto que limpió todo hasta el punto de no dejar bordes o pastizales naturales que sirvan como refugios para los organismos del suelo y para controladores biológicos de aquellos insectos que los mismos productores catalogan como ‘plagas’”, comentó.

Laboratorios andantes

Las lombrices pueden indicar el estado en que se encuentra el suelo según el uso que se hace de él, incluida la utilización de los agroquímicos, tanto plaguicidas como fertilizantes. “Son organismos que tienen una función elemental en los diferentes procesos físicos, químicos y biológicos. A partir de la cantidad, riqueza y diversidad de lombrices podemos saber si la tierra está en buenas condiciones, fértil o en una etapa de agotamiento de nutrientes”, indicó Masin.

Según agregó, las lombrices transforman la materia orgánica en nutrientes básicos para el suelo y generan galerías que ayudan a la aireación, a la infiltración del agua, a la porosidad y a acondicionar microhábitats para otros organismos. En síntesis, están asociadas a mejorar la fertilidad y estructura del suelo. Además, establecen una relación simbiótica con hongos y bacterias del suelo, que ayudan a desencadenar funciones importantes para esos organismos microscópicos.

“A partir de los años ‘90 la provincia de Santa Fe comienza a experimentar marcadamente, una transformación de la producción agraria incorporando innovaciones tecnológicas importantes, cambios en el uso del suelo con efectos económicos y sociales favorables. Sin embargo ello derivó en una problemática ambiental como consecuencia de la degradación acelerada”, finalizó Masin, que trabaja bajo la dirección de Fernando Momo, de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) y María Inés Maitre, de UNL-Conicet.

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