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Desde hace 13 años nuestro grupo de etnobiología realiza investigaciones sobre saberes, prácticas y concepciones locales acerca de las plantas gracias a la información compartida por mujeres y hombres de distintas comunidades rurales. Nuestra aproximación es la etnobiología, por lo tanto, nos interesa entender la dinámica de estos conocimientos y usos de fundamental importancia para el diseño e implementación de políticas de desarrollo y conservación, que incluyan una dimensión biocultural; es decir, que integren a los pueblos, su cultura y su entorno.

En la actualidad estas poblaciones rurales están constituidas por familias descendientes de pueblos originarios mapuche- tehuelches, así como de criollos e inmigrantes –principalmente europeos– que llegaron a la región a partir del siglo XVIII. Desde hace más de 200 años la forma de vida en estas comunidades se ha basado en la cría minifundista y extensiva de ganado ovino y caprino complementada con prácticas hortícolas, de recolección y caza de especies silvestres.

 En las últimas décadas existe en la zona una marcada tendencia a la diversificación de la actividad económica con participación de los pobladores en trabajos remunerados o subsidiados por el Estado y, en menor medida, en proyectos de desarrollo turístico y ferias regionales.

Nuestro trabajo de campo, desarrollado en un área extensa que incluye las provincias de Río Negro, Neuquén y Chubut, nos ha mostrado que la vida de mujeres y hombres se desarrolla bajo una estrecha relación con su entorno y, más precisamente, con las plantas. Nos preguntamos cómo se ha sostenido a lo largo del tiempo esta íntima relación y encontramos que, a pesar de los drásticos cambios que han venido sufriendo estas poblaciones mayormente desarraigadas y sometidas a situaciones de escasez, las mujeres han cumplido un papel sustancial.

En líneas generales, hemos documentado que el uso de las plantas atraviesa diversos ámbitos de la vida cotidiana rural, incluyendo aspectos tanto materiales como simbólicos, donde las mujeres siempre son intermediarias. Es así que las especies leñosas recolectadas del campo representan algunas veces el único recurso combustible (cerca de 60 especies) que se usa para calefaccionar el hogar y cocinar los alimentos. Además, las plantas son utilizadas frecuentemente para mitigar diversas dolencias físicas o emocionales (cerca de 500 especies) y también para diversificar la alimentación de las familias (450 especies silvestres junto con 150 especies hortícolas). Una gran variedad de especies es de gran valor forrajero para el ganado (al menos 48 especies) y paliativo en el caso de enfermedades veterinarias (14 especies). Por último, es importante destacar el amplio uso de las plantas como tintura natural para la lana (26 especies) y como material estructural de cercos, techos, ladrillos de adobe y muebles, entre tantas otras funciones.

La riqueza de las plantas usadas es amplia y, en nuestra documentación científica, el número de especies útiles de la Patagonia se incrementa día a día simplemente por el hecho de que nadie en el ámbito académico se había ocupado hasta el momento de visibilizar y valorar esta sabiduría. Sin embargo, en los enclaves de las distintas comunidades campesinas patagónicas el proceso es más complejo, pues emerge una dinámica caracterizada por la tradición de usar ciertas plantas nativas, el abandono o reemplazo de otras, y la incorporación permanente de nuevos elementos. Esto sucede en parte por la influencia de los medios masivos de comunicación y de actores sociales externos como maestros y extensionistas, entre otros.

Saberes femeninos, la autosuficiencia y la gestión de las plantas

En nuestro trabajo aprendimos que en cada comunidad la gestión de los recursos vegetales y los roles de género no pueden generalizarse y que obedecen a circunstancias locales particulares; sin embargo, encontramos que son las mujeres quienes siempre se destacan en el rol de transmitir el saber sobre plantas dentro de su familia y su comunidad. Por ejemplo, en las comunidades criollas de Cuyín Manzano (Neuquén), Villa Llanquín (Río Negro) y la comunidad mapuche Nahuelpan (Chubut), analizamos cómo se transmiten los conocimientos sobre siete especies de plantas silvestres con tubérculos, bulbos y raíces subterráneas comestibles. Se trata de especies como el cuye (Oxalis adenophylla) y la leña de piedra (Azorella monantha), entre otras, que están sufriendo procesos marcados de abandono (Ochoa y Ladio, 2015). La enseñanza activa que muestra cómo se recolectan y preparan las plantas para su uso, y los relatos y conversaciones cotidianas son los principales mecanismos de difusión. Resultados semejantes se encontraron en el caso del uso de plantas medicinales en las comunidades de Cuyín Manzano (87 especies) y Lagunita Salada y El Escorial (Chubut) (46 especies). En la casa son las mujeres las encargadas de la aplicación de las preparaciones con plantas; por ejemplo, para las dolencias respiratorias: paramela (Adesmia boronioides), o las vinculadas al ciclo menstrual, parto y fertilidad: sillolahuen (Acaena sp.) (Richeri y otros, 2010).

Nuestras investigaciones también nos revelaron que el saber sobre plantas no siempre está vinculado con su uso efectivo muchas veces este conocimiento no se practica ni se pone en acción, hecho que ha sido interpretado como un proceso que puede llevar a la desactivación de valiosos saberes y, posiblemente, a la pérdida del conocimiento tradicional. Por ejemplo, en la comunidad Mapuche Paineo (Neuquén) encontramos que hombres y mujeres conocen por igual sobre plantas silvestres comestibles (42 especies), pero son los hombres quienes consumen mayor diversidad de plantas. Estas diferencias han sido interpretadas como una consecuencia de los cambios en la práctica de la ganadería trashumante, conocida en la región como “veranada”, que se realiza desde hace siglos. En el pasado esta actividad era familiar pero ahora la realizan mayormente los hombres, por lo que ellos tienen una mayor oportunidad de explorar los distintos paisajes a lo largo de la ruta de pastoreo. En cambio, son las mujeres quienes recolectan la mayor variedad de especies comestibles silvestres en los sitios que circundan los hogares, como el diente de león (Taraxacum officinale) y el vinagrillo (Rumex acetocella), entre otras.

Por otra parte, en las comunidades de Laguna Blanca y Comallo (Río Negro) la recolección de plantas leñosas (30 especies) es realizada principalmente por los hombres, aunque las mujeres y los niños también participan de estas actividades (Cardoso y otros, 2013). Si bien encontramos que los hombres y las mujeres conocen y usan el mismo repertorio de plantas combustibles, son las mujeres las que ponen en práctica saberes más pormenorizados. Son ellas quienes se encargan de mantener las brasas encendidas a lo largo del día en las estufas y de tener el agua caliente para compartir los “mates” (infusión preparada con Ilex paraguariensis) con su familia o vecinos, utilizando por ejemplo el molle blanco (Schinus marchandii) y el molle colorado (Schinus johnstonii). Son las mujeres las que realizan mezclas especiales de plantas leñateras para que dure más el fuego y para agregarle el sabor local a sus comidas.

La recolección de plantas para los distintos fines se realiza a pie o a caballo, en general en complementación con el cuidado del ganado. El pastoreo de ovejas o cabras es una actividad pivotante: mientras cuidan los animales, tanto los hombres como las mujeres y los niños aprovechan para recolectar leña y acopiar plantas medicinales. Suelen comer algunas plantas frescas que les permitan sobrellevar las largas horas de trabajo, como es la “papita de los arenales” (Arjona tuberosa) o los pequeños frutos del solupe (Ephedra ochreata). También se aprovecha para recoger plantas aromáticas destinadas a sahumar la casa, como por ejemplo el neneo (Mulinum spinosum). Todas las actividades están interconectadas entre sí y son motivo de orgullo y alegría para la familia. La complementariedad de múltiples estrategias de supervivencia se ejercita bajo una racionalidad que es propia de estos pequeños productores y que se orienta hacia la disminución de los riesgos con la diversificación más que al aumento de la productividad.

La mujer de estos lugares es mujer-tejedora, el manejo del telar la define y la contextualiza en el seno del hogar y en torno a la principal actividad económica de la zona, que es la ganadería ovina. La lana obtenida de la cría de ovejas no solo genera el principal ingreso económico familiar, sino que también es el recurso sustancial que usan las mujeres para confeccionar el abrigo para su familia. Esto ha generado, aunque en pocos lugares, la coexistencia de la cría de ovejas de la raza Merino (lana de uso industrial) y de la denominada regionalmente oveja “Linca” (lana para textiles artesanales), cuya crianza está a cargo casi exclusivamente de las mujeres. En los últimos años se ha recuperado el teñido tradicional con plantas nativas como con el michay (Berberis spp.) y la nalca (Gunnera tinctoria), lo cual se ha transformado en un eje promisorio de desarrollo para las mujeres. Por ejemplo, el Mercado de la Estepa “Quimey Piuké” (Dina Huapi, Río Negro) reúne desde hace 10 años a mujeres de varias comunidades (Dina Huapi, Pilcaniyeu, Laguna Blanca, Pilquiniyeu del Limay y Comallo) que forman parte de una red cooperativa para la venta de sus tejidos artesanales. En cada una de las comunidades involucradas las mujeres ya organizadas realizan el lavado del vellón, su hilado con la rueca o el huso y posteriormente el tejido en telar, recreando una práctica tradicional y transmitiendo este saber a las mujeres de las siguientes generaciones.

La horticultura familiar es base fundamental de la soberanía alimentaria y quizás el espacio más femenino. Son las mujeres quienes conservan las semillas de las plantas que salieron “buenas” para la próxima temporada, quienes elaboran las conservas con los excedentes y las que comparten semillas y esquejes con otras vecinas, manteniendo así las variedades locales. La huerta es el espacio más importante de experimentación y de enseñanza sobre plantas para los niños de la casa, es el escenario donde se aprende a verlas crecer, a tocarlas, a olerlas y cuidarlas, y son las mujeres las que organizan esta tarea exclusivamente (Molares y Ladio, 2014).

Reflexiones finales

El rol de las mujeres de todas las comunidades rurales patagónicas está cambiando. Quizás en la gestión de las plantas continúan siendo las grandes proveedoras de saberes, pero no puede dejar de mencionarse que son ellas también quienes están levantando la bandera de la justicia social indígena. Hoy en día es destacable el rol de la mujer como dirigente que lucha por la reivindicación de sus derechos sobre los territorios ancestrales usurpados por el Estado, lugares a los que ahora no tienen acceso y que, según su visión, están habitados por plantas de gran relevancia cultural y religiosa, vitales para su cultura. Ellas revitalizan la mirada femenina en el campo y son las custodias de los saberes sobre plantas silvestres y cultivadas de cada una de las localidades donde hemos trabajo. Esperamos que con nuestras investigaciones podamos reflejar y difundir su valiosa tarea y apoyarlas en sus variadas luchas, que aún no han terminado.

 

Autores

Ana Ladio, Betina Cardoso, Melina Chamorro
Grupo de Etnobiología, INIBIOMA, CONICET- Universidad Nacional del Comahue.
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Juan José Ochoa

Grupo de Etnobiología, IIDyPCa, CONICET-Universidad Nacional de Río Negro.

Marina Richeri

Grupo de Etnobiología, Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Sede Puerto Madryn.

Soledad Molares, Daniela Morales

Grupo de Etnobiología, CIEMEP, CONICET, Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.

Lucía Castillo, Juana Aigo

Grupo de Etnobiología, Instituto de Diversidad y Evolución Austral (CENPAT-CONICET).

Carla Pozzi

Grupo de Etnobiología, Parque Nacional Nahuel Huapi.

 

Referencias

- Ochoa, J., y Ladio, A. H. (2015). Plantas silvestres con órganos subterráneos comestibles: transmisión cultural sobre recursos subutilizados en Patagonia. Boletín Latinoamericano y del Caribe de Plantas Medicinales y Aromáticas, 14(4), 287-300.
- Cardoso, M. B.; Ladio, A. H., y Lozada, M. (2013). Fuelwood consumption patterns and resilience in two rural communities of the northwest Patagonian steppe, Argentina. Journal of Arid Environments, 98(1), 46-152.
- Molares, S., y Ladio, A. H. (2014). Medicinal plants in the cultural landscape of a Mapuche-Tehuelche community in arid Argentine Patagonia: an ecosensorial approach. Journal of Ethnobotany and Ethnomedicine, 10(61).
- Richeri, M.; Ladio, A. H., y Beeskow, A. M. (2013). Conocimiento tradicional y autosuficiencia: la herbolaria rural en la Meseta Central del Chubut (Argentina). Boletín Latinoamericano y del Caribe de Plantas Medicinales y Aromáticas, 12(1), 44-58.

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