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Acerca de la Inundación, la Dignidad, la Resistencia y el Nuevo Paraguay

Fuente:

Autoría: Por Maximiliano Mendieta Miranda*

Fecha: Lunes, 11 Enero 2016

Desigualdad social. Pobreza. Extrema pobreza. Miseria. Inundación. Estas son algunas de las palabras que pueden sintetizar la situación de los pobladores del Bañado Tacumbú, así como la de otros bañados que resisten ante la violencia estructural del Estado paraguayo y ante la vergonzosa discriminación de algunos que tienen un mejor pasar.

El Bañado Tacumbú es uno de los barrios que se encuentra inundando a la publish_up, por lo que sus habitantes deben migrar, principalmente, a destacamentos militares, y vivir, precariamente, entre fusiles, terciadas, puntales y chapas, que no son proveídos en cantidad suficiente, y menos aún en calidad adecuada, para que bañadenses y voluntarios podamos ayudar a construir hogares que lejos están de ser viviendas adecuadas como lo manda la Constitución de la República del Paraguay y el Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

La inundación de este y otros bañados responde a una histórica omisión criminal, por parte del Estado paraguayo en relación a la construcción de defensas o franjas costeras. Esta desidia estatal tiene detrás los intereses evidentes de la especulación inmobiliaria de las tierras de los bañados a los efectos de expulsar a las personas que las habitan y así negociar con el capital nacional y transnacional, favoreciendo de esta manera a un sector de la minoría del Paraguay, así como a empresas extranjeras, situación que se profundiza con el gobierno colorado del empresario Horario Cartes, a través de un neoliberalismo tardío, ineficaz para las grandes mayorías y que colisiona con la dignidad de la persona humana, piedra angular de la democracia.

Las familias; trabajadoras, luchadoras e impregnadas de dignidad, de los bañados han ido habitando esas zonas a consecuencia de la expulsión del campo para llegar a sobrevivir en las zonas ribereñas de la ciudad, principalmente, a causa del modelo agro-exportador y de latifundio que se arraiga en el negocio de la soja y el ganado, y que solo beneficia a unos pocos. Este negocio encuentra hace décadas un vital apoyo de los gobiernos de turno, que de manera corrupta e ilegal viola abiertamente leyes ambientales y destruye bosques enteros de la región Oriental y del Chaco, lo que convierte a esta última en una de las zonas con mayor tasa de deforestación en el mundo.

Sin embargo, cuando hablamos de las personas que viven en situación de exclusión social, el Estado está ausente. Esto lo podemos comprobar en los más mínimos detalles como cuando, por ejemplo, llegamos con la amiga Angélica Benítez a una de estas familias para realizar un censo –que en realidad debería realizarlo el Estado– y hablamos con una señora, quien, mientras levanta su hogar con mucho esfuerzo y dedicación, nos dice con lágrimas en los ojos y desesperación: “Yo ya no quiero más vivir así”.

Las lágrimas de esta mujer son también las mismas de incansables mujeres luchadoras que encuentran una profunda desazón –pero que no se rinden jamás– cuando reciben la noticia de que los materiales enviados por el gobierno no les alcanzará para ese día, lo que significa que deberán pasar la noche, entre bolsas o tiras de hule o en la intemperie, debido a la decadente e insuficiente asistencia del Estado que no brinda ni para construir pequeñas casas mínimamente dignas (por así decirlo) y albergar a cientos de niños, de jóvenes y de madres solteras así como de adultos mayores, que a pesar de tanto dolor, cambian las lágrimas por sonrisas, cuando te invitan a pasar a sus hogares, y hablan de la esperanza por un país con justicia social, el que solo llegará desde las bases y a través de la lucha organizada.

¿Pero cómo no sentir esa esperanza y ganas de luchar cuando nos refugiamos, a causa de la tormenta, en otro de los hogares donde un señor nos ofrece hasta lo que no tiene para hacernos sentir cómodos? Su sola calidez y cariño se transforma en inmediata comodidad a pesar de la escasez de, literalmente, todo. El mismo, mientras los vientos soplan indomables, intenta rellenar los pedazos en el techo de su refugio para resguardar la integridad y la salud de sus cuatro niños, quienes mientras tanto, juegan inocentemente con el agua que no deja de escurrirse entre carteles de propaganda electoral que no aguantan el temporal.

Lastimosamente, la violencia no solo viene del Estado, que a través del modelo político y económico vigente, convierte al Paraguay en uno de los países más pobres de la región y más desiguales del mundo, sino también de una parte de la sociedad, que a través de un pensamiento elitista discrimina a los damnificados, analizando esta situación desde sus privilegios y con una absoluta falta de empatía, sin siquiera sentir un ápice de solidaridad o indignación cuando se informan las muertes de niños a causa de la inundación ni muchos menos cuando se reprime, con balines de goma, a quienes levantan la bandera de la lucha.

Amor. Dignidad. Conciencia. Organización. Formación. Lucha. Avance. Igualdad. Tierra. Justicia. Democracia. Estas son algunas de las palabras que sintetizan lo que se va gestando, desde abajo, a través de la unión y la rebelión ante la violencia y la discriminación social, todas estas herramientas que nos conducirán a la liberación y hacia a la construcción del Nuevo Paraguay que está cada día más cerca.


* Dirigente de la Organización Desde Abajo.