La desglobalización y sus coletazos en Europa y América Latina

Fuente: La Razón
Autoría: Luis Córdova Alarcón
Fecha: Martes, 05 Julio 2016

La globalización ha sido conceptualizada de múltiples formas, pero uno de sus rasgos más característicos es el modelo neoliberal que le dio sustento ideológico, político y económico; de ahí que sea usual hablar de la “globalización neoliberal”.

Dos acontecimientos de los últimos días son claros síntomas de que la desglobalización política se acentuará en la medida que se consolida un mundo multipolar. Son, además, manifestaciones inequívocas de que el multilateralismo (hegemónico) y el regionalismo (liberal), dos típicas dinámicas internacionales que promovió la globalización, han entrado en una crisis dadas sus limitaciones ante los cambios operados en el orden mundial.

El primer acontecimiento tiene que ver con la crisis del multilateralismo, expresado en el fracasado intento por reactivar a la Organización de Estados Americanos (OEA) como foro de diálogo político y canalizar la crisis venezolana. El segundo hace referencia al regionalismo y su tendencial fractura manifestada en el “Brexit,” proceso de salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (UE), cuyo primer paso fue dado el 23 de junio con un plebiscito que decidió el alejamiento de ese país.

Ambos acontecimientos traslucen lo que empieza a ser más patente en la política internacional a los dos lados del Atlántico. Un sostenido proceso de desglobalización política que acrecienta la turbulencia económica y social y que impulsa, a la vez, renovadas versiones nacionalistas, populistas y hasta medievales (el caso de ISIS y su afán por reconstituir un “califato”) en las esferas públicas.

El multilateralismo hegemónico, que emergió luego de la II Guerra Mundial tutelado por el gobierno de Estados Unidos y del cual es parte la OEA, entró en crisis a fines del siglo XX. Una causa estructural tiene que ver con los cambios que desató la redistribución del poder mundial, de Norte a Sur y de Occidente a Oriente.

La presencia ascendente de China y la reactivación del poderío ruso, para mencionar dos colosos de la política internacional contemporánea, han generado fuerzas centrífugas cuyas ondas provocan fragmentaciones que imposibilitan la continuidad del multilateralismo hegemónico.

El surgimiento de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en lo que va del nuevo milenio, renovó las esperanzas en el multilateralismo como mecanismo de gobernanza regional.

Sin embargo, roto el consenso ideológico entre las élites gubernamentales de Sudamérica y acosados internamente varios de los países cuyas élites disputaron el liderazgo regional, ni los viejos ni los nuevos organismos han mostrado que el multilateralismo siga siendo un mecanismo idóneo para resolver problemas comunes; lo cual es lamentable, pero es una realidad.

La dinámica actual en las relaciones internacionales (interestatales) es la constitución de pequeños grupos de países con alianzas flexibles, según áreas temáticas específicas, a lo que se le ha denominado “minilateralismo”. El G7, los Brics o el Grupo de Shangai son algunos claros ejemplos de aquello.

Esto obliga a que los gobiernos de estados periféricos afinen sus estrategias de política exterior para aprender a jugar a dos o tres bandas a la vez. Algo que muy pocos regímenes lo lograrán en el corto plazo, pues la mayoría estaban acostumbrados a esa lógica binaria de amigo-enemigo que fue habitual durante la Guerra Fría y que hoy resultará costosa mantenerla.

Por su parte, el triunfo del euroescepticismo en la consulta por el Brexit en Gran Bretaña representa una fractura del modelo de integración positiva que se volvió canónico a fines del siglo pasado.

La UE, que ha sido un exitoso proceso de integración (regionalismo), no pudo escapar de la impronta neoliberal que nuevamente ha polarizado al viejo continente entre un puñado de países con altos estándares socio-económicos y una semiperiferia (entre los que se encuentran Portugal, Italia y Grecia) que pugna por sobrevivir a las medidas de ajuste fiscal que les impone el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el propio Banco Central Europeo.

Hoy es indudable que el liderazgo regional del gobierno alemán ha pasado de ser colaborativo a ser cada vez más authoritario, algo que resulta intolerable para ciertas élites británicas (parte de Partido Laborista incluido) y francesas (el Frente Nacional dirigido por Marine Le Pen) que han optado por el nacionalismo como estrategia política.

Todo esto pone en entredicho al regionalismo como mecanismo idóneo de gobernanza.

Si, además, se considera que las normas y regulaciones internacionales cada vez recurren a procedimientos de índole privado y no público para ser instituidas, es comprensible que la desglobalización política provenga desde arriba, cuando las élites no encuentran cavidad a sus intereses.

El caso más significativo son las negociaciones del TTIP (sigla en inglés de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión) entre los gobiernos de Estados Unidos y la UE, llevadas a cabo con total hermetismo, excepto para ciertas élites empresariales –en especial farmacéuticas– y los ejecutivos de grandes corporaciones que forman parte de la mesa de negociaciones.

En definitiva, el rechazo al multilateralismo (hegemónico) y al regionalismo (liberal) por parte de ciertas élites en Europa y América Latina son claros síntomas de la desglobalización política, pero no necesariamente del abandono del neoliberalismo como ideología del capitalismo de cuño anglosajón.

Como bien sugiere Andrés Malamud (1), el ocaso del multilateralismo y del regionalismo son consecuencia de las fuerzas centrífugas de un mundo multipolar en ciernes.