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Algunas paradojas de la agricultura industrializada

Fuente: Infoandina
Autoría: Primo Sanchez
Fecha: Miércoles, 06 Julio 2016

Eran inicios de los años 60´s del siglo pasado, para ser exacto 1962, cuando Rachel Carson a través de su libro titulado “Primavera Silenciosa”, hacía cuestionamientos tan fuertes como críticos a las prácticas de los científicos agrícolas y al gobierno de su país natal: los Estados Unidos de América. En realidad no fue su primer libro con una crítica de esta índole, pero sí un documento que tuvo un impacto tal, que despertó el interés de algunos científicos agrícolas hacia una visión más humanista que productivista, pero también de una buena parte de la sociedad estadounidense y de diversos países del mundo, de la cual surgieron movimientos en pro del ambiente, no sólo como un acto de filantropía, sino como acciones que respondían a una necesidad de actuar para tratar de frenar el deterioro ambiental mundial que desde ese entonces se desplazaba por los caminos del tiempo a una velocidad similar a la de la luz.

Pero, podríamos plantear diversos cuestionamientos relacionados a lo que Carson plasmó en ese importante documento, como ¿a qué prácticas se refería?, ¿cuál era el daño ambiental del que ella hablaba?, ¿a quiénes afectaba?, ¿aún se realizan este tipo de prácticas? Cabe poner en context, que en esas décadas del siglo pasado, la Química ya se aplicaba en la agricultura y se consideraba como un “milagro científico”, al grado que, por ejemplo, el Dicloro-Difenil-Tricloroetano, mejor conocido como DDT, se aplicaba directamente a las personas para controlar insectos nocivos como los piojos y pulgas entre otros.

Si esto se hacía directamente a las personas, ¿por qué no hacerlo al ganado y a los cultivos? La aplicación de productos químicos- sintéticos tan solo a la agricultura en México, se remonta a inicio de los años 1940´s con la implementación de la llamada “Revolución Verde” (Hewitt, 1985), que además del uso de pesticidas, proponía el uso de maquinaria, equipo y “semillas mejoradas”. Aparentemente esta propuesta no parecía que fuese a tener un impacto negativo, sin embargo al paso de las décadas hemos visto como se ha creado una enorme dependencia de insumos agroquímicos sobretodo en la agricultura industrializada –entre otras tantas dependencias creadas– de la cual las principales beneficiadas económicamente son las empresas trasnacionales que producen y comercializan sus productos prácticamente en todo el mundo.

Tantos productos agroquímicos a nivel mundial utilizados en las “modernas prácticas agrícolas”, y que son los responsables del incremento en los rendimientos agrícolas, paradójicamente están teniendo un impacto bastante negativo en el ambiente y en los mismos recursos naturales involucrados en el sistema de producción como el agua, el suelo y la diversidad entre otros (Gliessman, 2002). Se está contaminando con los residuos de los agroquímicos utilizados tales como  fertilizantes nitrogenados y fosforados, insecticidas, herbicidas, acaricidas, fungicidas y en general pesticidas organofosforados, organoclorados, etc., que afectan los suelos, el manto freático, el aire, la capa de ozono, y en general, las formas de vida existentes en el universo.

La situación ante la biodiversidad es delicada, pues por ejemplo con el uso constante de herbicidas se están extinguiendo plantas silvestres no solamente del interior de los terrenos de cultivo, predios o chacras, y que bien han sido usadas como alimento humano en nuestras culturas, como sources de algunas vitaminas, en el caso de diversos quelites, verdolagas, lengüitas, entre otras arvenses, sino también en los límites de los predios. En estos espacios se desarrollaban algunas plantas que en diversas comunidades y culturas han utilizado como aromáticas y medicinales entre otros usos; tal es el caso del pericón, anicillo, contrahierba, árnica, yoloxochitl, y tantas otras que la gente conoce con nombres comunes de acuerdo a la zona en la que viven, pero que además utilizan.

Sin embargo, con el uso de pesticidas, algunas de estas plantas se han extinguido, además de que no es recomendable utilizarlas cuando ya han sido fumigadas, por el riesgo de que pudiesen causar alguna intoxicación grave e incluso la muerte. Lo mismo ocurre con pesticidas para el control de insectos, pues al aplicar cualquier insecticida, se eliminan no solo los insectos perjudiciales, sino a todos por igual, aunque sean benéficos como las abejas, catarinas, mantis, y otros que ayudan a la polinización, producción de miel, polen, jalea real, o bien, que se alimentan de otros insectos perjudiciales.

Pero el mayor de los daños es directamente para el ser humano, pues existen muchos productos agrotóxicos, cuyos residuos pueden quedar impregnados en las frutas y verduras que consumimos, ni con lavarlas se eliminarán de allí esas sustancias nocivas, en el momento de consumirlas se estará ingiriendo una dosis del agrotóxico. Actualmente, en nuestros países latinoamericanos se utiliza una enorme gama de agroquímicos (algunos de estos quitados del mercado estadounidense o europeo desde hace medio siglo, por ser muy peligrosos como el caso del metil-paratión), que al ser aplicados a las plantas con poca precaución, pueden causar daños a diferentes plazos dependiendo la exposición, es decir, de acuerdo a la concentración en el organismo serán las consecuencias.

Entre otros tantos problemas de salud que pueden ocasionar algunos agroquímicos, están varios tipos de cáncer (los agrotóxicos pueden causar efectos genotóxicos, es decir, cambios directos en el ADN, que promueven la fijación y proliferación de grupos de células anormales o bien que debilitan el sistema inmunológico ante otras sustancias carcinógenas), afectación crónica en el sistema nervioso, afectaciones en el sistema reproductor, y por supuesto, pueden causar la muerte de quien está en contacto directo con el producto a concentraciones letales y por un tiempo prolongado.

Carson ya en 1962 citaba: “Por primera vez en la historia del mundo, todo ser humano está ahora sujeto al contacto con peligrosos productos químicos desde su nacimiento hasta su muerte.  En menos de dos décadas de uso, los plaguicidas sintéticos han sido tan ampliamente distribuidos a través del mundo que se encuentran virtualmente por todas partes”. Es preocupante el uso creciente de estas sustancias peligrosas, que, hacen al modelo de agricultura agroindustrial –promovido e impulsado por el modelo productivista neoliberal– paradójicamente cada vez más productivo y a la vez más riesgoso en el sentido amplio del concepto.