[Letras Púrpura] Mujeres indígenas cultivando comunidad

Fuente: La Crítica
Autoría: María Luisa Camargo
Fecha: Lunes, 19 Diciembre 2016

[Letras Púrpura] Mujeres indígenas cultivando comunidad

Por María Luisa Camargo

La persecución de las brujas (al igual que la trata de esclavos y los cercamientos) constituyó un aspecto central de la acumulación y la formación del proletariado moderno, tanto en Europa como en el “Nuevo Mundo”1

Silvia Federici

Mi trayectoria académica está construida desde occidente. Si bien mis primeros años como estudiante transcurrieron en un espacio rural, en un contexto colectivo comunitario, acorde con la región nahua a la que pertenezco, en todo momento mis maestros y maestras de primaria y secundaria hicieron lo posible por blanquear el pensamiento infantil nuestro. Recuerdo los momentos en los que no entendía las razones por las que nos revisaban la cabeza y las orejas, buscando algún rastro de suciedad, actividad que duraba cerca de una hora, quitando con esto tiempo a la enseñanza, pero que, desde la perspectiva de ellos, era sumamente importante. Primera contradicción.

Había varios puntos de ruptura entre la educación recibida en mi casa y la que me proporcionó la escuela oficial. El primero de ellos, fue la diferencia marcada por las maestras entre hombres y mujeres. Me fue sumamente difícil comprender y, sobre todo, respetar la norma que entre niñas y niños no debía haber acercamiento en la convivencia. Tan cercana a mis primos, yo desde pequeña jugué con ellos y con mis hermanas, en distintos espacios de la casa, rodeada de árboles, de montañas, de arroyos, que me permitieron tener contacto con la sabiduría ancestral de mis abuelas. Mis primos, hermanas y yo disfrutamos esos momentos, en los que, además, se nos educó en el respeto a la naturaleza. A los seres vivos que habitaban las montañas les temíamos de tal forma, que llegó a caer en el horror la manera que mi abuela nos contaba historias para tranquilizarnos, historias en las que un espíritu era quien daba vida a las montañas. Este espíritu, en ocasiones masculino y en otras femenino, soltaba a sus pequeños hijos –materializados en animales como venados, jabalíes, águilas, zorros- para protegerse de la maldad humana. Como nosotras éramos gente pequeña, nos daba un susto acorde a nuestro tamaño para alejarnos. El espíritu decidía hasta qué punto la gente podía introducirse en su espacio montañoso. Sólo algunas personas, la gente grande, la de más edad, que tenía el respeto de la comunidad en general, podía ir a los lugares más lejanos, más profundos de la montaña. Mi abuelo lo hacía a menudo, cargaba su sombrero, un bastón y, en la madrugada, con el alba, salía y se perdía entre los árboles. Aprendimos así que ellos, la gente grande, son los guardianes, los que cuidan las montañas, los que hablan con su espíritu y nos dice cuáles son sus deseos. En algunas ocasiones, cuando la curiosidad asomaba, mi abuela nos pedía recostarnos y poner el oído en la tierra, para escuchar el corazón de la montaña. ¡Cuántas veces logré escucharlo! Para mí, esto significó ser parte de algo más grande. En cuanto al miedo, los relatos de mi abuela lograban tranquilizarnos y, además, hicieron que naciera en nosotras un profundo respeto por las montañas. El respeto hacia ellas no era cosa de juego, decía mi abuela: en ellas está la vida misma, nuestra vida.

Como mujer campesina retomo el vínculo importante que han hecho mujeres indígenas entre el tejido y la construcción ontológica de los seres vivos. Es importante, como pueblos, tejer redes, vínculos y prácticas. Sin embargo, en mi región, la huasteca del estado de Hidalgo, difícilmente había recursos económicos para adquirir lo necesario para tejer, aunque mis ancestras me enseñaron la importancia del tejer para reparar, del zurcir, del sostener los hilos. Se teje, se borda, se hilvana cuando se está herida. Aprender a hacerlo desde pequeñas es tarea obligada, los implementos para hacerlo se adquieren con mucho esfuerzo o, en algunos casos, son heredados por las abuelas.

Mi abuela era campesina pobre, le desaparecieron al marido, el ejército entró a la comunidad en la que vivían y se llevó a todos los hombres, alegando que tenían armas escondidas, mi abuelo fue detenido y mi abuela nunca más lo volvió a ver, así que tuvo que desplazarse en busca de seguridad para sus siete hijos e hijas, nunca pudo tejer, pues debía cortar caña asalariadamente en los ingenios que aceptaban emplearla. Tejer y bordar, nos decía, es para las mujeres que tienen la suerte de no ser huérfanas y, por lo tanto, pueden dedicarle tiempo y dinero a la labor de tejido. Lo importante para nosotras, alejadas del territorio materno por cuestiones políticas, era recolectar y sembrar para el autoconsumo en tierras de temporal montañoso. Igualmente para poder vivir, las mujeres iban a las comunidades blancas cercanas para trabajar como empleadas domésticas. Ahí conocieron el maltrato del racismo, fueron llamadas “indias” omitiendo los nombres propios, las pellizcaron para comprobar si el dolor físico de las indias era real y las correteaban para acreditar que no usaban calzones. Estas actitudes racistas hacían parte de una educación informal de división no sólo de clases sino de casta, que muchas comunidades blancas veían fortalecida en la enseñanza formal en las escuelas primarias del gobierno.

Había maestros que avergonzaron de tal forma a las niñas de la comunidad nahua a la que pertenezco que ellas, en consecuencia, dejaron los estudios. Por otra parte, el maltrato nos impulsó a organizarnos en grupo para sobrevivir: íbamos a la tienda acompañándonos unas a otras, en la escuela revertíamos la segregación tanto racista como por sexo, haciendo de la unión forzosa de las niñas y niños de la comunidad nahua nuestra defensa común, y aceptábamos que éramos indias, por lo tanto, teníamos una historia nuestra. Así, cuando nos volvían a insultar, respondíamos orgullosamente a quienes nos insultaban: “nosotras sí somos indias, ¿y ustedes qué son?”. Su respuesta: “Somos mestizas” nos hacía reír porque sabíamos que éramos igualitas, sólo que ellas tenían otra ropa.

Mis tías, mi abuela, mi madre, mis primas me enseñaron también a recolectar para alimentarnos y me mostraron la forma de sembrar para compartir, de acompañarnos para defendernos, de rescatar nuestra dignidad, de escuchar la tierra. Lo hacían ellas, porque ellos, los familiares hombres, les mostraban a los hombres pequeños cómo hacer las mismas actividades. El encargo de la enseñanza a las mujeres, era de las mujeres mayores.

Por tanto, este ejercicio de escritura pretende, entre otras cosas, regresar a la Huasteca y devolver todas las enseñanzas que están estrechamente vinculadas con la vida; con el deseo y el derecho a vivir que tenemos los pueblos indígenas. La gente que pertenecemos a ellos tenemos una labor importante: somos las poseedoras de ese conocimiento de la naturaleza que nos permite observar a la luna y saber si es tiempo de siembra o de cosecha, olfatear el viento y saber si se acerca una tormenta con granizo o sólo será una llovizna y alejarnos cuando la neblina está muy espesa, porque eso implica peligro de muerte.

Las mujeres indígenas, organizadas en momentos de coyunturas debidas al peligro de perder su territorio, a ser invadidas, están emergiendo con propuestas propias, con demandas que se insertan en contextos diversos, pero que traen consigo la característica común: lo colectivo. Para Boaventura de Souza, las emergencias son un espacio de lo incierto, de lo posible, la utopía se hace presente, pero con bases sólidas histórico-concretas, “no se trata de minimizar las expectativas, se trata más bien de radicalizar las expectativas asentadas en posibilidades y capacidades reales, aquí y ahora”, se desmarca entonces de la modernidad occidental “las expectativas modernas eran grandiosas en abstracto, falsamente infinitas y universales. Justificaron y continúan haciéndolo, la muerte, la destrucción y el desastre en nombre de una redención venidera. Contra ese nihilismo, que es tan vacío como el triunfalismo de las fuerzas hegemónicas, la sociología de las emergencias propone una nueva semántica de expectativa”.2 Allí, es que nos ubicamos.

Notas:

1 Federici, Silvia Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Pez en el árbol, México, 2013, pág. 31.

2 De Sousa Santos, Boaventura, ob. cit. pág. 131.