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El investigador colombiano Milson Betancourt visita Bolivia con ocasión de participar en el Tercer Foro Andino Amazónico de Desarrollo Rural que se realizará en La Paz 23 y 24 de septiembre próximo. Aprovechamos esa oportunidad para conversar con él sobre los proyectos de investigación – acción que tiene entre manos. 

Abogado con una especialidad en derechos humanos, magister en sociología y doctorado en geografía, Betancourt ha pasado los últimos años en Ecuador, Perú, Bolivia y Brasil, y en Alemania, donde tuvo una estadía de investigación por dos años. En sus palabras “Durante esos años y en estos países aprendí que el conflicto por la tierra es transversal a los problemas económicos, políticos, sociales y culturales que afronta América Latina, donde se han impuesto desde arriba y afuera sistemas socio-económicos a contravía de los intereses de las mayorías originarias en sus territorios, generando formas de colonialidad y sistemas de dominación y explotación, así como procesos estructurales de producción de desigualdad y pobreza”.

¿Qué hace un colombiano dado vueltas en la región sudamericana?

Milson Betyancourt (M.B).- Salí de mi país el 2003, un momento crítico, cuando el gobierno de ultra derecha (Uribe) montó un esquema de persecución a investigadores críticos, defensores de derechos humanos, sindicalistas, líderes y activistas de la problemática de tierras y territorios en el país, puesto que el epicentro del conflicto colombiano es la cuestión agraria, y la alianza narco-paramilitar latifundista, que entró al poder en aquel momento, usó todas sus armas para imponer su visión de desarrollo.

Había trabajado antes en el Programa de Iniciativas Universitarias para la Paz, de la Universidad Nacional de Colombia, acompañando e investigando conflictos por tierras y territorios en las zonas más afectadas por el conflicto armado. Fue muy frustrante para mi salir del país en un momento tan tenso, en donde las organizaciones y comunidades indígenas, campesinas y afrocolombianas, estaban siendo violentamente afectadas por la violencia y el desarrollo hegemónico de grandes planes de inversión en tierras y extracción de recursos naturales. Pero estas frustraciones fueron amenizadas por el calor, cariño y esperanza que me brindaron personas campesinas e indígenas, activistas e investigadores de los países donde estuve.

¿Cuáles son sus principales temas de interés para la investigación?

M.B.- Me interesa mucho la cuestión campesina, indígena y afro, vista desde la perspectiva territorial. Y cuando digo territorial quiero incluir lo agrario y lo ambiental, así como las prácticas socio-económicas, culturales y políticas que sustentan estas formas de vida. Desde carias disciplinas me esfuerzo por la investigación-acción en torno a los procesos y dinámicas que afectan las territorialidades “indígenas, campesinas originarias”, para usar la formula constitucional boliviana.

¿Cuáles son las principales lecciones de su recorrido?

M.B.- A pesar de las diferencias en la vida de las poblaciones urbanas y rurales de América Latina, existen semejanzas que afectan la reproducción de la vida de campesinos e indígenas en sus territorios, y de poblaciones urbanas. Las comunidades afectadas por conflictos territoriales (ambientales, agrarios) deben hacer un frente común de lucha, y saber entender los procesos comunes que los afectan, así como los horizontes de transformación y emancipación. Lo subrayo porque, frecuentemente, se trata de mostrar la especificidad de los conflictos en cada país o región, así como el supuesto carácter minoritario de las poblaciones afectadas.

¿Usted se define como académico o activista?

M.B.- Hay que superar esa separación. La Investigación-Acción Participativa (IAP), impulsada por Orlando Fals – Borda, reivindica la necesidad de construir conocimiento junto con y al servicio de las comunidades, un conocimiento con voluntad de transformación. La separación coadyuva a una academia indiferente y una política cooptada por los intereses empresariales, como lo vi en Alemania, y entendí que esa separación es funcional al status quo de los problemas del mundo.

¿La violencia en Colombia impulsa su interés sobre la realidad de otros países de la región?

M.B.- Yo pensaba que los temas agrarios eran una particularidad del proceso colombiano, pero viajando e investigando en América Latina entendí que es una causa común a las contradicciones de nuestros países, puesto que la guerra contra el campesinado y los pueblos originarios se ha desarrollado de diversas maneras, pero se ha practicado en todos los países, desde las esterilizaciones forzadas a mujeres indígenas en Perú; la “guerra del desierto” en Argentina, que buscaba acabar con los indígenas para conformar una “nación blanca, moderna y desarrollada”; la mal llamada “pacificación” de la Araucanía de la nación chilena contra los Mapuches.

Estas guerras contra los “campesindios” como los denomina Bartra, no siempre han adoptado formas evidentes de violencia, sino más encubiertas, como “guerras económicas” que buscan inviabilizar la reproducción de estas poblaciones. Los informes de las primeras misiones de desarrollo del Banco Mundial, establecían que uno de los grandes problemas de desarrollo de estas naciones era su “excesiva” población campesina e indígena, y para lograr desarrollo era necesario desocupar estas áreas para la agroindustria y la industrialización.

Su tesis doctoral toca la realidad de Bolivia, Colombia y Perú ¿en qué temas?

M.B.- Toco los impactos sociales, económicos, políticos, ambientales de las mega obras de “desarrollo e integración” que se implementan sobre la Amazonia Andina en el marco de la integración suramericana bajo la Iniciativa de Integración regional de Suramérica (IIRSA), el principal instrumento financiero, técnico y espacial, para adecuar territorios y poblaciones al servicio del desarrollo explotador de personas y recursos naturales, con hegemonía fuerte de Brasil e intereses estadounidenses, europeos, chinos y de las elites de nuestros países.

Me adentro más en los casos de los tres países (TIPNIS en Bolivia, Madre de Dios en Perú y Putumayo en Colombia), para mostrar cualitativamente la implantación de regímenes de dominación, reconfiguración de saberes-haceres y lógicas de producción de pobreza y desigualdad.

¿Qué es lo que más le impactó de su experiencia en Bolivia?

M.B.- Mi trabajo en Bolivia fue una bendición, que me trajo muchos aprendizajes. No quería seguir viviendo en Alemania ni volver a Colombia, sino una experiencia con estos temas en otro país de América Latina. Surgió la oportunidad de venir para apoyar una investigación sobre las tipologías de conflictos por la tierra en la Chiquitanía y los procesos de formación de líderes para luchar por la democratización del acceso a tierra, territorio y recursos naturales. Eso me mostró una dimensión más cualitativa y cotidiana de los problemas que afrontan los indígenas, comparables con los que afectan a todas las poblaciones originarias de América Latina.

Venir de un país en guerra frontal contra los “campesindios” a un país en donde un pacto campesino-indígena daba origen a un proceso de cambio, era un contexto con muchos retos y aprendizajes. Entendí que, por más que haya una política estatal de descolonización y un movimiento indígena y campesino robusto que presiona y actúa, las limitaciones y contradicciones del “proceso de cambio” eran mucho más complejas y profundas. La dominación mental y los complejos de inferioridad, presentes en los modelos de desarrollo que emprendía el gobierno boliviano, confundían y hacían difícil asumir con seriedad políticas públicas de emancipación para los indígenas y campesinos, pero también para los otros grupos poblacionales. El TIPNIS es un ejemplo paradigmático de estas contradicciones y desafíos que afronta hoy el movimiento indígena y el gobierno boliviano.

¿Qué reflexiones trae al FAA?

M.B.- Voy a presentar resultados de mi investigación doctoral, justamente sobre la Amazonia Andina y sus mega políticas públicas de desarrollo e integración. Nunca la Amazonia y sus poblaciones se enfrentaron a un plan de desarrollo e integración, bien financiado, como el que se viene implementando con la IIRSA, con todas sus consecuencias desastrosas. Estamos presenciando un inmenso proceso de reordenamiento territorial y poblacional que cambiará radicalmente la vida de las poblaciones en esta región, y que marcará un antes y un después para la Amazonia.

Voy a cuestionar la distracción que ciertas políticas de desarrollo “alternativo” ejercen sobre las poblaciones, pues no es allí que esta el grueso de la conflictividad desarrollista e integracionista, que más bien acaban funcionando como mecanismos de contención social o como pañitos de agua tibia frente a grandes problemas estructurales que están provocando crisis humanitarias y ambientales en toda la región. En un espacio paralelo voy a presentar los tres videos documentales de mi tesis, que son parte de la apuesta metodológica de la investigación-acción.

 

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