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Aporte de las mujeres rurales

Mónica Novillo G.

Domingo, 19 Noviembre 2017

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Es todavía mucho lo que queda por hacer para alcanzar el objetivo principal que es poner la quinua al alcance de los más pobres del planeta.

El pasado sábado, en un acto que tuvo lugar en Oruro, el director de la  Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el brasileño José Graziano da Silva y el presidente Evo Morales, clausuraron el Año Internacional de la Quinua. Y lo hicieron sin escatimar palabras elogiosas sobre los resultados de la campaña desplegada para difundir las cualidades alimenticias del grano andino y para incentivar la masificación de su producción no sólo en el altiplano andino sino en las más diversas latitudes del planeta.

Según los balances, uno de los principales resultados de esa campaña fue la ampliación de los cultivos de quinua en Bolivia de las 65.000 hectáreas que se cultivaron en el periodo 2010-2011 hasta llegar a 170.000 hectáreas que se cultivan actualmente. En términos de volumen, de 38.257 toneladas en 2011 a 50.666 toneladas el 2012, y se estima que para el presente año se producirá algo más de 58.000 toneladas.

No se puede dejar de anotar, sin embargo, que esos datos positivos vienen acompañados de otros que no lo son tanto. Es que la superficie cultivada ha crecido en una proporción mayor que el volumen de las cosechas, lo que significa que la productividad por hectárea tiende a disminuir, en gran medida debido a la disminución de la fertilidad de los suelos de Oruro y Potosí, departamentos que producen el 80 por ciento de la producción de quinua nacional. Pese a los esfuerzos hechos, la productividad de la quinua en los últimos 10 años ha mantenido su tendencia a la baja desde los 700 a 570 kg/ha.

Igualmente revelador es el dato según el que el consumo local de la quinua ha disminuido paulatinamente de unos 2,5 kg/persona en el año 2000 a cerca de 1,5 kg/persona en 2011 (FAO, 2013), en gran medida debido a que el éxito en los mercados externos ha ocasionado un aumento considerable del precio, lo que ha puesto al grano fuera del alcance de gran parte de los consumidores del mercado interno.

La ampliación de las superficies cultivadas, por otra parte, está ocasionando un  desequilibrio en los territorios y ecosistemas en la región, pues la ampliación de la frontera agrícola se produce a costa de las superficies tradicionalmente destinadas a la crianza de camélidos, lo que se refleja en una disminución de la producción de carne y del guano del que depende la conservación de la fertilidad de los suelos. Las disputas, cada vez más violentas, entre comunarios de la zona por el control de los suelos más fértiles es también un hecho que no se puede soslayar.

Tales efectos no deseados del éxito no han disminuido en nada el entusiasmo de los organismos internacionales, que ven con mucha esperanza la posibilidad de que las comunidades campesinas de África, Asia y el Cercano Oriente incorporen la quinua a sus hábitos agrícolas y alimenticios. En 26 países de esas regiones, muchos de ellos ubicados en las zonas secas del Cuerno del África, se aplicarán los resultados de las investigaciones a las que se dedicaron muchos esfuerzos durante el año que concluye.

Como esos datos lo confirman, pese a los éxitos obtenidos, es todavía mucho lo que queda por hacer. Es de esperar, por eso, que la clausura del Año Internacional de la Quinua no sea motivo para olvidar los desafíos que todavía el tema plantea.

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