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Miércoles, 31 Enero 2018

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El drama de las comunidades indígenas por la falta de tierra y la pobreza se hizo presente en el centro de la capital Asunción, cuando un grupo llegó para exigir asistencia al Estado. 

El drama de los indígenas paraguayos por la falta de tierra y la pobreza está presente en el centro de Asunción desde hace dos meses, cuando medio millar de nativos, entre ellos unos 200 niños, se instalaron en los alrededores de la antigua estación de tren para reclamar tierras y ayudas al Estado.

Los indígenas, en su mayoría del pueblo mbya guaraní, originarios de cuatro departamentos a cientos de kilómetros de la capital, ofrecen a sus compatriotas la versión urbana de las penurias que padecen en sus comunidades rurales.

Su campamento se extiende en una de las pocas explanadas peatonales del centro de la ciudad, por donde la gente pasa con absoluta indiferencia, se quejó Lucio Reinaldo Estigarribia, de 54 años, uno de los líderes.

“Nos sentimos discriminados. Esto es inhumano, pero no tenemos a donde ir”, añadió.

Su presencia en Asunción revela una realidad oculta a los ojos de los habitantes urbanos, ya que un 76 % de los 116.000 indígenas del país vive en la pobreza, según datos del Instituto Nacional del Indígena (INDI).

Su mayor reclamo es el acceso a la tierra, en uno de los países con más porcentaje de latifundios del mundo.

Feliciano Fernández, de 66 años, malvive, junto con su esposa, hijos, nietos y bisnietos, sin electricidad y sin acceso gratuito a agua potable desde hace casi un mes frente a la estación, un edificio monumental inaugurado en 1864 que hoy está inactivo.

Fernández pide más atención médica, más abrigos y comida para resistir hasta que el INDI les atienda en sus reclamos.

Junto con su mujer, que es la anciana de la comunidad y la encargada de los rituales religiosos, organiza a las decenas de bebes, niños y adolescentes que corretean entre ollas con fuego, a unos metros del paso de los coches.

Los menores empiezan a bailar en círculo al ritmo de la canción que entona la mujer, con el rostro oculto a intervalos por el humo espeso de la gran pipa de tabaco que fuma, y de las notas de una guitarra prácticamente destrozada que toca su marido.

“Aún en un lugar extraño como Asunción tenemos que conservar nuestra cultura”, explicó Estigarribia.

Los nativos lavan la ropa en una boca de riego próxima y hacen sus necesidades donde pueden, ya que el baño público más cercano cuesta 1.000 guaraníes (0,23 dólares), que no siempre pueden pagar.

Cocinan en plena calle con sus ennegrecidas ollas, y para dormir algunos tienen el refugio de los arcos de la estación, pero otros aguantan las lluvias torrenciales de esta semana bajo lonas, cartones y plásticos.

Los alimentos ya no proceden de sus pequeñas parcelas rurales, sino del supermercado de la esquina, cuando consiguen reunir unas monedas, o del INDI, que les lleva kits de asistencia semanales con pasta, arroz y otras artículos básicos.

Luis Fleytas, director sanitario del Ministerio de Salud para la capital, dijo a Efe que la situación de los indígenas es “inhumana” y que les están asistiendo con medicamentos, vacunas y primeros auxilios, así como transporte, ya en tres ocasiones, en casos de partos.

Fleytas destacó que sus mayores problemas de salud son respiratorios, por el frío, las lluvias y la falta de higiene.

El presidente del INDI, Jorge Servín, dijo a Efe que los indígenas pertenecen a comunidades con distintos conflictos, algunos internos, y otros provocados por terceros, como grandes productores de soja de origen brasileño o alemán, que les expulsaron de su tierra ancestral.

En el caso de los mbya aseguró que poseen 1.300 hectáreas de terreno, pero que un conflicto interno expulsó a una parte de la comunidad, que quedó viviendo en el margen de una carretera.

“Nosotros este año no tenemos presupuesto para comprar más tierras”, dijo Servín.

“Hay vacíos legales. El INDI no da abasto, y no puede asumir todo solo, la Fiscalía debe actuar como dice la Constitución, pero no lo hace”, añadió.

Mientras, indígenas como Liliana Sosa, de 33 años, que llegó hace un mes al lugar, continúan a la espera.

“Al menos aquí nos verán morir”, dijo Sosa, antes de dar una larga calada a su puro.

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