La Cumbre Agropecuaria ‘Sembrando Bolivia’ (Santa Cruz, 23 y 24 de abril) bien debería servir para poner en debate los grandes problemas de la agropecuaria nacional, sugiere el investigador, y no que sea solo para discutir el desarrollo agroempresarial.

Después de haberse postergado en tres oportunidades, finalmente el 23 y 24 de abril en la ciudad de Santa Cruz tendrá lugar la Cumbre Agropecuaria “Sembrando Bolivia”. La cita, según dijo el presidente Evo Morales cuando la convocó (en enero), es para ver “cómo relanzar al sector agropecuario”; además de fijar como objetivo la seguridad y soberanía alimentaria, cuestión de fondo también será la ampliación de la frontera agrícola. Para el investigador en temas agropecuarios Miguel Urioste, es tal la importancia del encuentro que lo que se decida allí literalmente cambiará el mapa del país, en el sentido de modificar la actual estructura agraria y del uso del suelo.

¿En qué contexto se puede ubicar a esta cumbre?

Esta es una cumbre particularmente importante, porque se realiza justo cuando hay una caída del precio del gas y de los minerales y, por tanto, una disminución de los ingresos por exportaciones. El Gobierno, a través de la Agenda 2025, y los productores agropecuarios del oriente están viendo la oportunidad de diversificar las exportaciones de Bolivia, convirtiéndola en un país productor de alimentos. Esta cumbre también viene precedida por anuncios del Vicepresidente sobre la expansión de la frontera agrícola al ritmo de un millón de hectáreas cada año durante los próximos diez años. No olvidemos que hoy Bolivia en la agricultura tiene solo tres millones de hectáreas, de las que un millón está en el occidente y valles, y dos millones, en el oriente; de esos dos millones, un millón es soya.

¿En qué medida pesará el cultivo de la soya en la cumbre?

Justamente, el objetivo de ampliar la frontera agrícola a diez millones de hectáreas en los próximos diez años tiene como finalidad convertir a Bolivia en uno de los grandes productores de alimentos y particularmente de soya. Brasil tiene aproximadamente 30 millones de hectáreas de soya, ha desplazado a Estados Unidos, que tiene 28, 29 millones; luego está Argentina, con alrededor de 20 millones; en cuarto lugar, Paraguay, con 6 millones; luego viene Bolivia, y después Uruguay. 

¿Cómo ubicar el caso boliviano, por lo menos en Sudamérica?

Nos interesa Paraguay: ahora, cultivando 6 millones de hectáreas de soya, Paraguay hasta hace unos años tenía 8 millones de hectáreas de bosque; ya no los tiene más; en estos últimos diez años, más de un millón de campesinos e indígenas han abandonado el campo y han emigrado a Asunción. El gran desafío, por tanto, es que esta cumbre agropecuaria que va a haber en Santa Cruz no repita el desastroso modelo paraguayo de ampliación indiscriminada de la frontera agrícola, sin control ambiental, sin control ecológico, desplazando a pueblos indígenas y quitándoles las tierras a los campesinos; que ha significado casi una absoluta deforestación.

Pero el tema de la cumbre es la seguridad o soberanía alimentaria.

El actual Gobierno empezó su gestión en 2006 prometiendo una radical reforma agraria para eliminar el latifundio, promoviendo un modelo de base campesina, indígena, diversificada, con una producción que permita la seguridad y soberanía alimentaria; pero estamos cada vez más lejos de eso. Hoy en Bolivia se importa el triple de alimentos que hace diez años. Lo que quiere decir que el aumento en el consumo que está viviendo la población boliviana no proviene de la producción local, sino de la importación de alimentos.

Para la cumbre, se habla mucho de Santa Cruz; el nuevo granero boliviano, el que alimenta al resto del país; pero qué del pequeño productor campesino y su aporte a la seguridad alimentaria. 

Estamos constatando que la economía agrícola familiar está estancada; no ha habido un aumento significativo ni de la productividad ni de la producción agrícola familiar, salvo excepciones como el caso de la quinua, eventualmente el cultivo del cacao o del café; pero en los alimentos básicos, está estancado, tendiendo a disminuir, y esto se debe, entre otras cosas, al masivo contrabando de alimentos; así, para el productor familiar no es negocio producir, no es rentable. Seguramente en la cumbre los campesinos y los indígenas van a reclamar: queremos efectiva priorización de la agricultura familiar, diversificación productiva, seguridad alimentaria, más sistemas de riego, caminos vecinales, electrificación rural; que el Estado ha hecho en los últimos diez años, pero no en la medida suficiente como para estimular y hacer despegar la agricultura familiar, que hoy está estancada.

El problema estará en definir bien la agenda de la cumbre…

Ojalá que los campesinos, indígenas, interculturales, cooperativas agrícolas tengan derecho a la palabra y sean escuchados y sus planteamientos sean recogidos; se trata de una cumbre agropecuaria transcendental que va a cambiar el futuro de la agropecuaria en Bolivia por los próximos 30, 40 años; las decisiones que se van a tomar en Santa Cruz van a cambiar el mapa del país. Si se mantiene la propuesta de la Agenda 2025, de ampliar la superficie agrícola en diez millones de hectáreas, significa que vamos a desmontar, desboscar, tumbar diez millones de hectáreas de bosque, que nunca más van a reponerse. Esto, para mí, no es un buen negocio para el país.

Desde el lado de los pequeños  productores, ¿cuáles son sus mayores limitaciones, qué sectores se puede impulsar en lo inmediato?

La ventaja es que Bolivia tiene varios pisos ecológicos, varias zonas productivas; pero tiene una limitante estructural. Y es que en el altiplano y los valles solo entre un 25 y 30% de los productores tienen acceso al riego. Entonces, el gran desafío es cambiar la matriz productiva de la agricultura familiar, pasando de una a secano hacia una a riego. En Bolivia se han hecho esfuerzos, hay el programa Mi Agua, ahora Mi Riego; se ha invertido más de 300 millones de dólares en los últimos diez años, pero no es suficiente. No se ha priorizado el cambio de la matriz productiva de la agricultura familiar, para convertirla de secano a riego. Y eso significa investigación, programas de extensión, sistemas de riego comunales, familiares, provinciales, que deben cambiar la manera de producir; el riego permite dos cultivos por año y genera una dedicación a la agricultura a tiempo completo.

Para las cumbre, los empresarios adelantaron sus cuatro grandes preocupaciones: seguridad jurídica, uso de biotecnología, liberación de exportaciones e infraestructura caminera...

Los únicos que tienen una agenda clara son los empresarios, la agroindustria cruceña, y además han tenido un acercamiento notable hacia el Estado y el Gobierno en los últimos dos años, que ha llevado a una suerte de alianza productiva, como la han denominado. Eso no está mal, parece interesante y positivo; en lo que yo no estoy de acuerdo es el uso de transgénicos (biotecnología); es dañino para el consumidor, además no es cierto, como dicen, que aumenta la productividad; el uso de transgénicos solo disminuye los costos de producción.

Ahora ¿quiénes deben asistir a la cumbre? ¿Acaso el censo agropecuario, por ejemplo, no debió de servir para esto, para saber quiénes son los actores agrícolas?

Efectivamente, ojalá que en esta cumbre el INE presente los datos del censo agropecuario de 2013, por lo menos que sirva para eso, para que sea un motivo de presión al INE, que le obligue a actualizar su base de datos. Pero el problema no es tanto cuántos campesinos o indígenas irán a la cumbre, sino con qué criterios o argumentos, y con qué propuestas alternativas. Aquí sí es importante que estos movimientos sociales reflexionen, miren al futuro, no se dejen presionar por las condicionantes políticas de la coyuntura, y tengan una mirada de su sector, de su clase social, de su condición étnica, de pequeños productores familiares; eso es más importante que ser militante del MAS o del proceso de cambio. Aprovecho para hacer un llamamiento a que estos sectores reivindiquen esta su condición en la cumbre agropecuaria.

Con la introducción de la soya, usted dice (Concentración y extranjerización de la tierra en Bolivia, Tierra, 2011) que buena parte de la propiedad de la tierra en Santa Cruz no está en manos bolivianas.

La cumbre va a reunir a ciudadanos bolivianos, representantes de todos los sectores, pero los principales productores de soya y de productos agroindustriales en el oriente no son bolivianos, son de diferentes nacionalidades, brasileños, argentinos, menonitas, que no ponen como centro de su preocupación ni a la nación ni al Estado sino el negocio. Entonces, el Gobierno y otros tendrán que saber efectivamente con quién tienen que hablar. Si quieren que Bolivia entre al agronegocio del cono sur, no tienen que hablar con directivos regionales de Santa Cruz, tiene que hablar Monsanto, ADM, Cargil, Dreyfus, Syngenta (grandes empresas soyeras); ahí se deciden las condiciones que van a exigir para que inviertan masivamente en la ampliación de la frontera agrícola. Y van a exigir que no haya control a la extensión de la propiedad, que se siembre con semillas transgénicas, que se use herbicidas, se amplíe la superficie agrícola reduciendo los territorios indígenas recientemente titulados, que están rodeando la mancha soyera en Santa Cruz. Una limitante estructural a la expansión del cultivo de la soya en Santa Cruz es que es un territorio que está rodeado de territorios indígenas; va a ser muy difícil que Bolivia en estas condiciones pueda competir con los países vecinos ofreciendo mejores condiciones a las empresas transnacionales para que inviertan en Bolivia. Van a preferir invertir en Brasil, Argentina y Paraguay, porque aquí tenemos territorios indígenas, movimientos indígenas organizados, que van a reivindicar sus derechos y el mandato de la Constitución, que establece de manera explícita que los indígenas son dueños plenos de los recursos renovables de sus territorios, donde además pueden ejercer el autogobierno.

Por eso se dice que en verdad se cambiaría el mapa

Es muy importante, porque lo que se decida aquí va a afectar los territorios indígenas; van a exigir un nuevo plus, plan de uso de suelo, van a expandir la frontera agrícola, vamos a tener soya en toda la carretera Santa Cruz-Puerto Suárez, en todo el límites de la provincia Chiquitos (con Brasil), que limita con Mato Grosso del Sur (Estado brasileño); es decir, la mancha soyera de Brasil se va a entrar a Bolivia. ¿Queremos eso? Yo como boliviano, no.

¿Y el consumo en la cumbre? Porque se tiene que hablar, por ejemplo, de los estándares del consumo...

El problema es que los consumidores no estamos invitados, ni los investigadores ni estudiosos del tema. Esta es una reunión típicamente corporativa, están participando las corporaciones, que tienen cuotas de poder en el Estado, en el Parlamento y en la torta de la producción de alimentos; pero los consumidores no hemos sido tomados en cuenta.

Le digo el consumo, en el sentido de ver para qué finalmente se debe producir alimentos…

— El crecimiento de la obesidad en las poblaciones pobres, en El Alto, en las zonas mineras, es notable, lo que es fruto de la comida chatarra y la cantidad de fritos que se consumen diariamente y eso es un grave problema de salud, que tiene directa relación con qué cosas se están produciendo; en lugar de consumir productos nativos originarios estamos consumiendo pollo frito, papa frita, que no son sanos.

Perfil

Nombre: Miguel Urioste Fernández de Córdova

Nació: 6 de septiembre de 1948

Profesión: Economista, investigador en la Fundación Tierra

Vida

Es economista graduado de la Universidad Católica Boliviana (UCB), con estudios de especialización en Desarrollo Rural y Reforma Agraria en Bélgica e Inglaterra. Ha publicado varios libros, ensayos y artículos sobre esos temas. Perteneció al extinto Movimiento Bolivia Libre, del cual fue su candidato presidencial en 1997. Actualmente es investigador en Fundación Tierra, donde trabaja desde hace 24 años.

 

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