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Hacia otras lecturas del Censo Nacional Agropecuario

Fuente: La Silla llena
Autoría: Eloisa Berman Arevalo
Fecha: Lunes, 07 Septiembre 2015

Han pasado varias semanas desde que el DANE presentó los resultados preliminares del Censo Nacional Agropecuario y las reacciones no se han hecho esperar.

Para algunos, los resultados son indignantes y sorprendentes[i]; para otros, son la simple confirmación de lo que muchos hemos sabido por años: que el campo Colombiano es un escenario de inequidades, exclusiones e injusticias[ii].

Me temo, sin embargo, que la interpretación dominante del censo entre la población colombiana poco tiene que ver con la compleja y preocupante realidad de la sociedad rural.

Basta ver la reacción del presidente Santos cuando primero escuchó sus resultados. Más que la absurda inequidad en el acceso a la tierra, los niveles de pobreza rural, o la continuación del despoblamiento del campo, lo que le preocupó al Presidente fue que “si no hay asistencia técnica, nunca vamos a lograr el objetivo de ser productivos, competitivos y eficientes”; lo que registró fueron retos en la conquista de nuevos mercados y en el apoyo al sector privado en  ‘microgerencia’. 

El Ministro de Agricultura, por su parte, habló de sustituir importaciones e incrementar exportaciones; y el Director de Corpoica, como el presidente, de productividad y eficiencia.

En conclusión, lecturas limitadas que apuntan al diseño de política económica en un context neoliberal; interpretaciones selectivas que reflejan una vision de la ruralidad donde están ausentes las realidades sociales de los territorios, la experiencia de los sujetos rurales mismos y las trayectorias históricas de violencia que condicionan las estructuras y relaciones agrarias.

En una coyuntura en la cual se pretenden transformaciones de fondo para la creación de una ‘paz estable y duradera’, como se repite incesantemente en La Habana, es importante empezar a re-inscribir los resultados del censo en territorios particulares, en las experiencias de los habitantes del campo, y en el momento histórico actual.

Esto requiere concebir las zonas rurales no como espacios para la acumulación de capital, sino como territorios históricos y espacios de vida de una diversidad de grupos sociales.

Igualmente, debemos entender que ‘lo agropecuario’ está totalmente entretejido con dinámicas sociales, territoriales, políticas y económicas que condicionan las transformaciones agrarias y las posibilidades de justicia social en el campo.

Esta ampliación de nuestra visión de lo rural nos permitiría empezar a ‘leer’ el censo de otro modo. 

Por ejemplo,  señalaríamos con ojo crítico la importante diferencia entre los cultivos permanentes que cubren casi un 75% de área cultivada, y los cultivos transitorios y asociados que cubren el resto. Son éstos últimos los que caracterizan la producción campesina de pequeños y medianos productores, y el censo muestra un incremento sustancial de los primeros y la disminución de los segundos.

Es decir, los datos indican la prevalencia de un sector agrario que genera mayor acumulación de capital, pero a la vez apoyan la tesis de que estamos ante un arroyador proceso de ‘descampesinización’. Por su parte, las cifras sobre el empleo llaman a una mejor comprensión de las formas de trabajo rural.

El censo muestra que el 66% de los trabajadores rurales permanentes trabaja en predios de menos de 5 HA, y que el 67% de los trabajadores pertenece al hogar de esa unidad agrícola familiar. A priori, podríamos interpretar estos datos de manera negativa al señalar los bajos índices de inserción laboral en propiedades extensas y en cultivos agro-industriales.

Una lectura diferente señalaría que la agricultura campesina de minifundio, a pesar de estar amenazada por tener un acceso a la tierra sustancialmente menor que en 1970 y por las dificultades de comercialización justa que todos conocemos, sigue siendo una source fundamental de trabajo para los habitantes del campo.

Es insólito que los cultivos permanentes tecnificados y con mayor extensiones de tierra generen tan poco empleo, pero centrarnos solamente en este punto nos distrae sobre el hecho- hoy medible- de que los sistemas agroalimentarios diversicados y de pequeña escala continúan teniendo un fuerte arraigo territorial y sociocultural.

¿Qué hay de los cambios ‘positivos’ de los últimos 10 años? ¿Entre ellos, la disminución de la pobreza multidimensional, el mejoramiento de la calidad de vivienda rural  y aumento de la cobertura en salud y educación?

Para enriquecer nuestra interpretación de los mismos, podríamos situar el censo en una coyuntura caracterizada por serias contradicciones en el accionar estatal frente a lo rural.

Me refiero aquí al problemático desenvolvimiento de una ‘paz neoliberal’, que se enfoca en la atención individual a víctimas y la provisión descentralizada y tercerizada de ciertos servicios sociales, a la vez que promueve la expansión del capitalismo agro-industrial y extractivo.

De esta manera, el mejoramiento de ciertos indicadores sociales con respecto al 2005 ocurre en medio de fuertes presiones a las economías campesinas y al acceso comunitario a tierras, recursos naturales y formas de trabajo autónomo.

Aunque disminuye la pobreza multidimensional en el campo, las contradicciones del capitalismo agrario hacen que continúe la tendencia generalizada hacia la fragmentación de las relaciones comerciales, socioculturales y territoriales que sustentan las economias campesinas, iniciada con el conflicto armado.  De esta manera, no sorprende que en el supuesto 'post-conflicto' continúe un proceso de des-ruralización y expulsión de la población rural a la ciudad.

Las ideas que he esbozado son apenas una invitación a que empecemos a leer los censos de otro modo, de manera que se cualifiquen nuestras posturas políticas en torno a la ruralidad. Así evitaríamos la esquizofrenia de reconocer que ‘la paz comienza en el campo’, como lo hizo el presidente, pero a la vez utilizar los números del censo para justificar modelos de desarrollo rural que perpetúan violencias estructurales.