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A través de experiencias oníricas, los muertos de las comunidades awá, a causa de minas antipersona, se convierten en guías de la cotidianidad de sus familiares y contribuyen al resarcimiento del dolor.

Así lo interpreta una investigación doctoral de la Universidad Nacional sobre la reconstrucción de la cotidianidad de indígenas que sufren este flagelo.

Datos de la Asociación MINGA muestran que el pueblo awá de Nariño representado en las organizaciones indígenas Camawari y Unipa, sufrieron 28 accidentes por minas antipersona con un saldo de 76 muertos entre 2005 y 2014.

Las minas antipersonal son un problema no tan visible como el desplazamiento y las masacres causadas por el conflicto armado en el país. En Nariño, este problema está vinculado con la proliferación de cultivos ilícitos de coca, donde los artefactos son el blindaje para los activos de grupos armados.

Angélica Franco Gamboa, estudiante de Doctorado en Antropología de la Facultad de Ciencias Humanas de la U.N., realizó una investigación sobre las realidades a las que se enfrentan los indígenas que viven en el resguardo de Indazabaleta, comunidad inscrita a la unidad indígena del pueblo awá.

“Reconstrucciones de la cotidianidad en el pueblo indígena awá: espacios minados, tiempo natural y tiempo sobre natural”, es como se titula el trabajo realizado en Tumaco, tierra con población étnicamente diferenciada con afrodescendientes, mestizos e indígenas.

Estos indígenas se ubican en el piedemonte andino en territorios cultivados con coca, donde se ven afectados por las minas explosivas que resguardan los terrenos.

Según la investigadora, esta realidad no es muy visible a nivel local. Las fronteras interétnicas (fenómenos socioespaciales y simbólicos) hacen que lo acontecido en esta población pase desapercibido en la ciudad y, aunque pueda circular en medios nacionales, localmente no se registra.

El trabajo se concentró en la reconstrucción de la cotidianidad, a partir de preguntas sobre qué hacen estas víctimas para enfrentar las lesiones y las experiencias de sufrimiento a las que son expuestas.

La reconstrucción de la realidad del resguardo se maneja desde la cosmovisión awá, quienes organizan su mundo en cuatro niveles: el de abajo, el de los hombres (donde habitan), el de los espíritus y el de arriba.

La muerte no es el fin de la vida ni es ajena a la vida misma, los vivos establecen relaciones con los difuntos. Estos últimos los aconsejan a través de los sueños.

De esta manera los muertos, víctimas de minas antipersonal, se convierten en guías para la vida diaria con una participación activa en la cotidianidad. Así, orientan las acciones frente a los procesos burocráticos del Estado y contribuyen al resarcimiento del dolor.

La estudiante aclara que si bien es una cosmovisión que tiene elementos católicos muy fuertes, también integra elementos del mundo nuevo en el cual persisten aspectos ancestrales como los ya mencionados.

Adicionalmente, múltiples dificultades son enfrentadas por las víctimas, el impacto en la economía doméstica es una de ellas, pues las familias se encuentran organizadas como unidad productiva en donde cada miembro tiene un rol y si alguno llega a faltar se altera esta dinámica.

El ingreso a rutas de atención integral, con etapas que van desde la atención de la emergencia pasando por procesos de rehabilitación médica, psicológica y reintegración socioeconómica, es otra de las complicaciones, pues estas rutas son ajenas a la vida cotidiana, pautas culturales y a sus formas simbólicas.

La finalidad es lograr la visibilidad de un enfoque diferencial y la construcción de lineamientos que guíen a los profesionales en la comprensión de las formas de interpretación del dolor en Colombia.

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