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PRODUCCIÓN - EXPLORACIONES

58 - “La agroecología es por la vida, ni la pandemia nos detiene”1 Estrategias de las mujeres frente a la precarización de la vida

Autoría: Jazmin Goicochea Medina, Andrea Torres Espinoza
Lugar: - PER
Fecha de publicación: 31, Mayo, 2021
Editorial: IPDRS
N de paginas: 15
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Resumen comentado:

“La agroecología es por la vida, ni la pandemia nos detiene”1.
Estrategias de las mujeres frente a la precarización de la vida

 

 

 

Jazmn Goicochea Medina 2
Andrea Torres Espinoza 3

 Con mucho cariño, A las mujeres agropecuarias de los valles de Lima.

 

“Antes, desde donde yo vivía se veía la playa. Era muy lindo. Había mucha chacra y ganadería. Además, el agua era clarita, muy limpia y venía en cantidad. Así, recuerdo a mi valle de Lurín” (Victoria, 63 años, Lima Sur).

Las palabras de Victoria expresan la añoranza de las mujeres su territorio. El diálogo con ellas, nos acercó a su preocupación por el lugar que habitan y el trabajo al que dedican su tiempo. Y esto, se suma a nuestro interés por conocer un poco más de nuestra Lima y sus pulmones verdes, en tiempos en los que la vida corre riesgo, los bienes comunes son privatizados, los valles son depredados y el trabajo agropecuario es precario.

En la década de 1990, se impuso la aplicación de las políticas de ajuste estructural y las reformas asociadas al Consenso de Washington, a fin de resolver la grave crisis económica que venía atravesando el Perú. Estas políticas de ajuste se basaron en la eliminación de subsidios, la privatización de empresas públicas, la apertura incondicional al mercado mundial de capitales trasnacionales. Al mismo tiempo, Perú ha pasado de ser un país tradicionalmente rural y con un gran potencial agropecuario, a ser, un país predominantemente urbano a causa de los fuertes flujos migratorios que se desataron desde la década de 1960 (Matos, 1990).

En ese contexto, las políticas neoliberales produjeron la expansión del mercado residencial basado en lógicas de despojo y de especulación, que decantan en procesos fraudulentos sobre los territorios y los bienes comunes, afectando en gran medida al agro (Harvey, 2005), y así lo evidencia, el descenso de la agricultura en el PBI nacional. Según el Ministerio de Agricultura y Riego (2016), en 1950, la agricultura representaba 11 % del PBI, mientras que en el 2014 se situó en 5,3 %. Sin embargo, la pequeña producción agropecuaria pierde protagonismo ante la inversión de grandes capitales privados. En el 2012, el agro representó 12,8 % de las exportaciones[4]. En cambio, los y las pequeñas productoras agropecuarias representan 80 % de las unidades agropecuarias, con ingresos aproximados a 38 % de los hogares no agropecuarios.

En esas condiciones, en el año 2012, se estimó que 2,26 millones de peruanos se dedicaban al agro, donde las mujeres representan 30,8 %. Cabe precisar que, la participación de las mujeres se duplicó desde 1994 hasta la fecha indicada. Mientras que la participación de los hombres solo creció 14,2 %. En particular, el Censo de 2017, evidenció una mayor participación de las mujeres en el agro en Lima.

A pesar de la creciente participación de las mujeres en el agro, el neoliberalismo implica para diversos sectores sociales la pérdida de autonomía, pone en riesgo a la agricultura campesina y a los ejercicios de soberanía alimentaria. Cabe precisar, además, que el modelo neoliberal le da continuidad a la escasez de propiedad de la tierra de las mujeres, así como pone en riesgo la tenencia segura de terrenos de producción a su cargo. Esto no es nuevo, el colonialismo instaló un control social y territorial de expropiación de la tierra y de los cuerpos de las mujeres (Korol, 2016).

La emergencia producida por la pandemia del COVID-19, no impidió que el agro continúe sosteniendo la vida de la mayoría de la población del país. De todas formas, sí tuvo fuertes consecuencias en este sector económico y mucho más, en un territorio como Lima, compuesto por los valles de Chillón, Rímac y Lurín. Estos valles que han sido depredados a causa de un proceso de urbanización acelerado (Arroyo y Romero, 2019).

Frente al contexto descrito, nos proponemos profundizar en analizar las condiciones y estrategias de las mujeres pequeño productoras agropecuarias de Lima durante la pandemia del COVID-19. Para ello, hemos recuperado siete valiosos testimonios de compañeras[5] dedicadas a la producción agropecuaria en Lima, a quienes agradecemos por su apertura. Sus testimonios han sido muy sentidos e importantes para entender lo que sucede con la pequeña producción agropecuaria. Al mismo tiempo, nos hemos acercado a su trabajo a partir de la observación participante.

Nuestro análisis recupera las reflexiones desarrolladas en el marco de la nueva ruralidad. Sabemos que la dicotomía urbano-rural ha perdido vigencia y reconocemos la interdependencia entre un espacio y otro (Pérez, 2004). La nueva ruralidad, en su perspectiva latinoamericana, ubica aspectos de cambio fundamental en el territorio rural: encadenamientos urbano- rurales, el empleo rural no agrícola, la provisión de servicios ambientales, las certificaciones agroambientales o “sellos verdes”, los pueblos como centros de servicios, el papel activo de las comunidades y organizaciones sociales, y la diversidad ecológica-cultural como patrimonio (Rojas, 2008).

De este modo, se intenta pensar no solo en el proceso productivo agropecuario, sino en la importancia del uso respetuoso con la naturaleza, así como el surgimiento de una racionalidad diferente a las lógicas individualistas que rigen nuestros cotidianos. Todo esto implica una reflexión profunda acerca de la economía que traspasa la lectura de las relaciones patrón-asalariado, y más bien, abarca las relaciones sociales y ecológicas de aprovisionamiento, cuidado y afecto, relaciones no leídas en el marco del cálculo y la acumulación (Gago, Cielo y Gachet, 2018).

Situamos a la pequeña producción agropecuaria como parte de la trama de la economía popular, definida por Giraldo (2017), como un sector estructurado en sus dimensiones económicas, sociales y políticas, así como se encuentra articulada de forma compleja y contradictoria. Según Gago (2017), este es un concepto que pretende recuperar la potencialidad de las experiencias diversas de la economía que ponen como centralidad al trabajo vivo y no a los procesos de acumulación. Del mismo modo, se pone en evidencia su potencialidad en la reproducción de la vida y la disputa con la precarización que produce el capital. En el marco de las economías populares, surgen relaciones de solidaridad y reciprocidad, en medio de una dinámica de conflictividad. Así, logramos leer también las estrategias que se desarrollan para resistir ante la precariedad.

Desde nuestro análisis, uno de los puntos claves para profundizar en estas estrategias, es entender que las mujeres no solo viven la precarización del trabajo productivo, como consecuencia del contexto del territorio, sino también la precarización de la vida. Intentamos recuperar la precisión que realiza Federici (2018), sobre la perspectiva predominante de la economía que pone atención en las relaciones monetarias trazando una línea divisoria entre la producción y la reproducción. Esto evidencia que el capitalismo es heteropatriarcal, así como medioambientalmente destructor, colonialista y racista. Sus características tensionan los procesos de acumulación y los procesos de sostenibilidad de la vida como la reproducción social. La centralidad es la reproducción de la vida. Según Coraggio (2007), esto no supone negar la necesidad de acumular, sino más bien, establece otro tipo de unidad entre la producción (como medio) y la reproducción (como sentido).

Nuestro recorrido divide nuestro trabajo en tres partes: en primer lugar, profundizaremos en las condiciones del trabajo agropecuario en tiempos de pandemia; en segundo lugar, analizaremos las estrategias de las mujeres productoras agrarias afianzadas durante la pandemia; y finalmente, dejaremos algunas pistas para continuar con esta reflexión.

El recorrido planteado supone también una reflexión teórico-metodológica desde el Sur. Según Santos (2018)[6], se trata de la “la producción y validación de conocimientos anclados en experiencias de resistencia de los grupos sociales que sistemáticamente han sufrido la injusticia, la opresión y la destrucción causada por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado” (Santos, 2018: 28). Esto implica replantear la dicotomía conocimientos/saberes[7] y hacer el ejercicio de “identificar y valorizar lo que a menudo ni siquiera aparece como conocimiento a la luz de las epistemologías dominantes, lo que en su lugar surge como parte de las luchas de resistencia contra la opresión y contra el conocimiento que legitima esta opresión” (Santos, 2018: 29).

Esperamos que estos asuntos sean de utilidad y abran una serie de preocupaciones dedicadas a las vidas de hombres y mujeres trabajadoras agropecuarias que luchan y resisten diariamente de manera digna.

 

[1] Recuperado del testimonio de Ana María Palomino (65 años), pequeña productora agropecuaria de Lima Sur.

[2] Socióloga de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, activista feminista e investigadora en temas de género y territorio. Miembro del equipo técnico del Observatorio Interdisciplinario de Salud Pública y del Grupo de Trabajo CLACSO Reformas laborales en América Latina.

[3] Estudiante de décimo ciclo de la Escuela Profesional de Sociología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Investiga temas de género y trabajo. Miembro del Observatorio Interdisciplinario de Salud Pública y practicante de la Comunidad Andina (CAN).

[4] Las y los trabajadores de la agroindustria rigen su trabajo bajo la Ley N°27360 de promoción del sector agrario. Hoy derogada -luego de las luchas emprendidas por las y los trabajadores- por la precariedad en la que sitúa a las y los trabajadores agropecuarios, debido a que indica que deben recibir una remuneración diaria de S/.39.19 ($.10.93) que incluye gratificaciones y compensación por tiempo de servicios, así como un aporte de 6% a la salud -cuando el régimen laboral indica que debe ser de 9%-, a pesar de que las enfermedades profesionales en este sector son variadas a causa del uso de agrotóxicos, el movimiento mecánico de más de 10 horas laborales sin ningún tipo de uniforme o implemento para cubrirse del sol.

[5] Cabe precisar que, en algunos casos, los nombres de las mujeres entrevistadas mencionados a lo largo de la redacción de la investigación han sido modificados a fin de respetar su deseo de anonimato.

[6] Según Santos (2018), esta reflexión no debe entender al Sur como el Sur geográfico, sino como compuesto de muchos sures que tienen en común el hecho de constituir saberes nacidos en las luchas contra el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. El objetivo de lo que Santos denomina Epistemologías del Sur es “posibilitar que los grupos sociales oprimidos representen al mundo como propio y en sus propios términos, pues solo así podrán cambiarlo según sus aspiraciones. (…) Las epistemologías del Sur se relacionan con los saberes que emergen de las luchas sociales y políticas y no pueden ser separados de esas luchas. Por lo tanto, no son epistemologías en el sentido convencional de la palabra. (…) Su objetivo, más bien, es identificar y valorizar lo que a menudo ni siquiera aparece como conocimiento a la luz de las epistemologías dominantes (Santos, 2018: 29).

[7] Según Santos (2018), la dicotomía saberes/conocimiento se debe a que el conocimiento se asocia a lo académico; mientras que los saberes son asociados a la población que ha sido marginada históricamente por el capitalismo global.

 

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