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Nueve de cada diez hombres de las comunidades afro descendientes diseminadas en torno al Valle ecuatoriano del Chota, junto a la frontera colombiana, maltratan a sus mujeres. Era "un secreto a voces", las casas están construidas prácticamente pared con pared. Sin embargo, ha hecho falta que un grupo de vecinas se organizasen y emprendiesen un estudio de campo para poner en negro sobre blanco que han pasado siglos desde que sus antepasadas llegaron a estas tierras como esclavas, pero ellas siguen bajo la violencia y la opresión.

Son las mediadoras de la Coordinadora Nacional de Mujeres Negras (CONAMUME) en esta zona próxima a la Mitad del Mundo, agricultoras de subsistencia reconvertidas en estadistas, sociólogas, psicólogas y abogadas gracias a proyectos de empoderamiento como el que desarrolla en la zona Ayuda en Acción, que entendieron que la reivindicación de sus derechos no era factible sin antes erradicar la violencia a la que estaban sometidas. Comenzaron por visibilizarla.

Tras realizar un millar de entrevistas en 47 comunidades de Imbabura, Carchi y Pichincha, llegaron a la conclusión de que ser negra, pobre y rural es una mala combinación. Más de un tercio de las jóvenes se quedan embarazadas antes de cumplir los 19, porcentaje similar al de las que no terminan la educación básica, son menos del 4% las que llegan a la universidad y aún menos, un 2%, las que acaban licenciándose. Una de cada cien accede con su título al mercado laboral.

 "Estamos hablando de todo tipo de violencia, violencia física, sexual, económica, cultural, laboral", explica Olga Maldonado, presidenta de la CONAMUNE en Carchi. Según señala, la pobreza endémica en la región, donde un 90% de la población vive de la agricultura de subsistencia, sumada a elevadas tasas de alcoholismo y a factores culturales como la práctica inexistencia del divorcio, influyen en las elevadas tasas.

200 Años después, pervive la violencia 

Sin embargo, hay más. Gina Anangonó, secretaria de la CONAMUNE añade la variable del pasado esclavista a la ecuación: "Empezamos a pensar en qué incidió en el proceso colonial en esa violencia. Estamos haciendo una investigación sobre la violencia estructural para saber qué pasó en las Haciendas, cómo eran las relaciones sociales y ese círculo. Como aprendió cada uno del otro para que 200 años después sigan perviviendo esas manifestaciones".

"Se quedó sembrado, enraizado bien fuerte --comenta Maldonado--. Nos arrancaron de nuestro origen con violencia y llegamos aquí para ser violentados por los dueños de las haciendas y sus capataces. De hecho, hubo mujeres que tuvieron hijos de ellos y pensamos que de ahí viene ese maltrato y que desde entonces se ha ido reproduciendo. El papá a la mamá, los hijos lo aprenden y después pegan a sus esposa. Ahora queremos parar eso", sentencia la presidenta de CONAMUNE Carchi.

Jovita Borja pone el rostro a este perfil. Su abuelo fue prendido fuego por el capataz un siglo después de abolida la esclavitud. Su padre la casó a los 12 años con un adulto que le quitó la virginidad "por la fuerza bruta". Cuenta que ha pasado de todo y por todo, incluida la muerte de dos de sus hijos y un trabajo como contrabandista. Caía y se volvía a levantar. Acabó participando en la fundación de CONAMUNE, tiene dos hijos universitarios y un tercero, mestizo, aún en secundaria. Ya casi no llora cuando explica su historia.

"Me llaman  'METIDA' "

A mujeres como ella o como Maldonado, las llaman 'metidas' porque se plantan frente a los maltratadores. Gina Anangonó reconoce que es un trabajo duro, a veces frustrante, en el que muchas se juegan el tipo. Sin embargo, está surtiendo efecto. "Ahora, las mujeres que han sufrido malos tratos ven en nosotras un lugar donde acercarse y confiar", señala Maldonado.

Ese lugar es emocional y también físico. La Casa de Oshú, un edificio levantado donde antes estuvo la hacienda que esclavizaba a sus antepasados y que hoy se ofrece como refugio y consejo para mujeres maltratadas de toda la región. Al pie de la cordillera andina, su jardín albergó en otro tiempo la estaca donde se azotaba a los esclavos. Hoy cuenta con dependencias para alojar a quienes huyen en caso de emergencia como con especialistas para asesorar tanto en lo legal como en lo social.

Sin embargo, son conscientes de que la respuesta no puede venir sólo de las vecinas y luchan por involucrar al Estado. Barbarita Lara, coordinadora de CONAMUNE en Carchi y primera mujer negra que ocupa un puesto de concejal, ha conseguido que las administraciones locales firmen una "carta de compromiso" por la erradicación de la violencia sobre las mujeres. Un primer paso para comenzar a trabajar en red "y que se empiece a pensar en este tipo de violencias".

Lara reconoce no obstante, que en paralelo hay mucho por hacer: faltan las infraestructuras más básicas, como alcantarillado o alumbrado público en la mayor parte de estas comunidades. "¿Cómo no va a haber violencia si estamos bebiendo agua y todavía salen rabos de lagartija por el grifo?", plantea. Además, las mujeres aún tienen que conquistar los espacios públicos de toma de decisiones, "deben conocer el consejo de participación ciudadana y tomar partido", reclama.

La importancia de la identidad 

Para ello, es necesario que se reconozcan como son y lo hagan valer, así que las mediadoras han desplegado todo un abanico de proyectos que van desde la educación sexual al conocimiento del pasado africano y la reivindicación tanto de su cultura como de su estética. Es el paso de avergonzarse por ser minoría étnica (300.000 personas sobre una población de 13 millones) a llevarlo a gala.

"No sólo se nos impuso el hacer sino también el ser. En eso se reproduce el racismo que afrontamos, uno externo y uno interno, el de no me acepto como soy. Hay que recuperar la identidad y el orgullo de pertenencia. Nos hicieron personas débiles para que no reclamásemos derechos y para que fuera natural la pobreza y la violencia", dice la concejala.

En este sentido, otra de las veteranas fundadoras de la CONAMUNE, Mercedes Acosta, lo tiene claro: "Ya no vamos a sentarnos a llorar pensando en que hace 500 años fuimos pobrecitos esclavos. No. Ahora reclamamos. Queremos estar en el proceso de decisión y podemos hacerlo", reivindica. Maldonado añade: "Ya no queremos quejarnos de que somos maltratadas sino proponer estrategias para salir de esta situación". Ese es el verdadero cambio.

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