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En el Día del Medio Ambiente queremos analizar el impacto de las políticas agroindustriales en las mujeres y el papel clave que desempeñan las mujeres campesinas en la producción de los alimentos, a pesar de las inequidades de género.

«Frente a la violencia del capitalismo que busca destruir la diversidad de la vida y la libertad, las mujeres con su defensa de la naturaleza, de las semillas, responden con una propuesta de paz», Vandana Shiva.

Entre la mujer y la tierra existe un vínculo, una relación especial forjada durante mucho tiempo. Las mujeres, apoyadas en la naturaleza, se han convertido en las principales recolectoras, ganaderas y sanadoras del mundo. «Labran los campos y benefician tierras y mieses», escribía en 1548 el cronista Cieza de León alabando las funciones de las mujeres andinas. Esta relación ha perdurado convirtiendo a las mujeres en las protectoras de la soberanía alimentaria en el mundo.

Según datos de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), las mujeres constituyen el 50% de la mano de obra relacionado con el sector primario. Este porcentaje aumenta notablemente en los países del Sur, donde ellas tienen a su cargo del 60% al 80% de la producción total de alimentos.

En la actualidad, con la entrada de las multinacionales y otras instituciones internacionales en el negocio de alimentación, las mujeres ocuparon entre 1994 y el año 2000, el 83% de los puestos de trabajo que se crearon entorno a este sector. Sin embargo, a pesar de su desempeño, el mundo que describía el cantautor chileno Víctor Jara en «A desalambrar», no cumple, en el caso de las mujeres, la premisa de que «si las manos son nuestras es nuestro lo que nos den». No, en un mundo caracterizado por las políticas liberales y por la sociedad patriarcal que dicta las metodologías de producción y distribución de los alimentos.

A pesar de dar vida al arroz, al trigo y al maíz que sustentan al mundo, sobre todo en los países más pobres, la falta de equidad de las mujeres frente a los hombres es enorme, escaso acceso a los puestos de mando dentro de las organizaciones agrícolas, imposibilidad de comprar o heredar tierras, o menores retribuciones salariales por su trabajo como jornaleras, son solo algunos de los problemas a los que se enfrentan los millones de mujeres agricultoras y ganaderas del mundo.

En países como Camboya, por ejemplo, a pesar de que las leyes establecen que las mujeres pueden poseer tierras, la cultura patriarcal no lo permite. Según datos del Banco Mundial en la India las trabajadoras agrícolas ganan un salario un 30% menor que los varones. Desigualdades que también se observan en los países del norte.

Según un estudio de Oceransky Losana del año 2006, España también se caracteriza por la desigualdad salarial, siendo la ganancia de una empleada agrícola entre un 30% y un 40% menor que la de sus compañeros masculinos. De la misma manera, las mujeres también se ven discriminadas en la solicitud de préstamos bancarios. El colectivo femenino únicamente dispone del 1% de los créditos destinados a la tierra.

¿Cuál es la consecuencia de esta discriminación? Un freno al desarrollo. Según un estudio de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), en los países donde las mujeres no tienen derecho al acceso a la tierra el porcentaje de niños malnutridos es un 60% mayor. La FAO, por su parte, llegó a la conclusión de que «si las mujeres tuvieran el mismo acceso a los recursos productivos que los hombres, podrían aumentar el rendimiento de sus explotaciones agrícolas de un 20% a 30%, lo cual permitiría reducir el número de personas hambrientas en el mundo entre un 12% y un 17%». Son datos que muestran un camino a seguir.

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